Ayer terminaba de escribir mi última crítica teatral sobre la obra de Rosenblatt, Gigante, y una reflexión —inevitable— sobre la situación actual. Hoy, quince de marzo de dosmilveintiséis, mi despertar se ha visto ensombrecido por la noticia de la muerte de Jürgen Habermas. Parece como si la realidad de la actualidad más rabiosa se hubiera terminado imponiendo a lo que siempre me pareció en él un ejercicio de wishful thinking filosófico. Nietzsche, Foucault, Schmitt, Negri y Hardt pesan ahora más porque ha desaparecido el contrapunto idílico que los tamizaba, que los suavizaba, que los hacía soportables para tanto tocino intelectual.
Aunque mi inclinación filosófica es la Estética, siempre me he sentido atraído por la filosofía política. Es la razón de que atesore en mi biblioteca algunas obras capitales con la esperanza de que me ayuden a entender esta deriva en la que estamos inmersos. Por eso me he dedicado buena parte de la mañana a releer alguno de esos pensamientos que encontré en su «La religión en la esfera pública», y con los que me vi en desacuerdo (si no en el plano teórico-desiderativo, si en el plano práctico-performativo). Esa idea de que la racionalidad humana cobra su sentido en el diálogo, en la acción comunicativa, o que las normas morales son válidas cuando son aceptadas por todos los afectados en una discusión racional, o que la legitimidad política depende de los procesos públicos de deliberación libre, presuponen, todos la preexistencia de una voluntad humana presidida por la razón.
Yo, más foucaultiano, no concibo la existencia de un punto neutral de racionalidad entre actores en conflicto, sea donde sea. Creo además que todo discurso está atravesado por relaciones de poder y que ese mismo discurso, desarrollado por instituciones, crea regímenes de verdad (o de terror). Así, las posibilidades de consenso de las que hablaba Habermas no son para mi sino estrategias de poder. La argumentación jamás podría domesticar el conflicto ideológico: es irreductible porque ese antagonismo forma parte de la estructura social. No tuvo, a mi parecer, en cuenta la emergencia de las redes sociales o las burbujas informativas, que desintegran cualquier espacio común de discusión.
¿Por qué era interesante, en mi opinión, la opinión de Habermas? Porque sus teorías funcionaban como un horizonte regulativo al que aspirar en un “mundo de Yupi”: en esos mundos ideales en los que existía la libertad de expresión, la deliberación pública informada y la legitimidad basada en razones (cuando lo que en realidad tenemos es emergencia de poder, antagonismos declarados y razones estratégicas con fines oscuros. Habermas era el último gran intento de salvar la Ilustración después de Auschwitz, después del totalitarismo y de la crisis de la razón.
Incluso me hallo más cerca de Carl Schmitt y su polarización amigo-enemigo que provoca el surgimiento de la política ante la identificación de un enemigo existencial por parte de una colectividad. ¿Puede la deliberación razonada eliminar el antagonismo entre las partes? Yo creo que no, por mucho que se discuta indefinidamente. Llegadas las situaciones extremas, alguien terminará decidiendo —de ahí que soberano sea quien decide sobre el estado de excepción—. Vivimos hoy en día momentos en los que está dominando la lógica amigo-enemigo, en los que la deliberación pública está suspendida. Žižek dice que
«no es tanto que la mayoría de las personas estén engañadas, es básicamente que no les importa; su principal preocupación es que su relativamente estable vida continúe con tranquilidad. La mayoría de los individuos no desean una democracia real en la que decidirán de veras: quieren la apariencia de democracia en la que voten libremente, pero en la que alguna autoridad superior en la que confíen les presente una elección y simultáneamente les muestre cómo deberían votar»
Contra Habermas y con Schmitt, soy partidario de la primacía de la decisión política ante la inevitabilidad del conflicto. Esa decisión entronca con Kierkegaard y su salto. La decisión schmittiana es el salto kierkegaardiano. Es lo que hay que hacer ante situaciones límite en las que no es suficiente cualquier fundamento racional. ¿Qué podemos hacer ante los enemigos que aparecen amenazando existencialmente nuestra tranquilidad: terrorismo global, enfrentamiento agónico entre potencias agostadas o conflictos civilizatorios? Muchos gobiernos están respondiendo con legislaciones antiterroristas, con vigilancia digital masiva o con poderes ejecutivos hipertrofiados para la crisis. ¿Han dejado de ser democracias? No, pero han adoptado una lógica de emergencia estructural. Las grandes potencias actúan cada vez más según lógicas de bloque, avivando rivalidades estratégicas, redefiniendo zonas de influencia y empleándose en guerras indirectas. En definitiva, democracias hueras de criterios morales en las que la política queda reducida a pura fuerza. Estamos viviendo en instituciones habermasianas (constituciones, parlamentos, derechos,…) tensionadas con dinámicas schmittianas (conflicto, decisión, enemigo,…)
En Imperio, Hardt y Negri razonan que el poder actual ya no funciona por la soberanía de Schmitt ni por la deliberación habermasiana. Postulan una forma difusa de gestión global a la que llaman Imperio. Una red global de poder compuesta por Estados, corporaciones, instituciones financieras y organismos internacionales sin un centro único de soberanía. Una red global habitada por un individuo global de identidad difusa, urbanita anónimo, de subjetividad vaciada y con una rede de relaciones meramente instrumentales. Un Bloom. Un alguien que funciona socialmente pero que carece de arraigo existencial; trabajador precario, consumidor permanente, hiperconectado pero aislado, adaptable, movilizable, administrable… El sujeto perfecto de ese Imperio que integra, neutraliza y gestiona, que trata los conflictos como crisis administradas, que ofrece una sensación de seguridad permanente y una gobernanza estrictamente técnica. No requiere consenso racional: le basta con regulaciones, algoritmos, gestión económica eficaz y control de sus infraestructuras. Es obediencia que surge de la integración en sistemas de funcionamiento. Ya no somos ciudadanos: somos usuarios, consumidores, habitantes de nodos de la red. Libres formalmente y existencialmente vacíos, vivimos en un estado de indiferencia, de ironía y de distancia. Vivimos en la superficie de la existencia, incapaces de comprometernos con una forma de vida sustancial (¿y no es eso un esteta desesperado que evita la decisión, evita la responsabilidad y vive en la dispersión de las experiencias?). Pero el esteta kierkegaardiano podía tomar una decisión existencial, podía saltar al estadio ético —o al religioso—. En cambio, el Bloom tiene esas posibilidades neutralizadas por la precariedad estructural en la que está instalado, por su movilidad constante entre dispositivos, por la saturación de estímulos a los que está sometido y por la pérdida de tradiciones que anulan su identidad primigenia.
Ha muerto Habermas. El pensamiento se opaca cada vez más.

