Odi Profanum Vulgus et Arceo

Philosophia, Aesthetica & Contemplatio

Desde dentro del Panóptico

Si hay algo real en el lenguaje, son las operaciones que lleva a cabo. Al describir un ente como un dispositivo, o como un producto de un dispositivo, estoy practicando una desnaturalización de esta parte del mundo que quiero pensar, me estoy distanciando frente a todo eso que me resulta tan familiar o que se me presenta como tal. Este distanciamiento fue para mi, en su momento, una propiedad de la crítica por la que anhelaba que se supiera —vanitas, vanitatis— de mi hostilidad hacia el mundo. Ahora, lo que me importa es lo contrario. La distancia que trato de imponer con mis análisis críticos es la que media entre el mundo y yo, para dar a entender que no estoy en otra parte, sino que estoy ahí, pero de manera diferente. Pienso sobre los dispositivos, hago una —¿petulante?—metafísica crítica que desarrollo como prolongación de un gesto, también crítico, fallido desde hace tiempo y por la cual lo anulo en su continuidad. Me explico ese «carácter fetichista de la mercancía y su secreto» que Marx no terminó de llevar más allá de la crítica, sin llegar a comprender que el fetichismo ponía en juego dispositivos por los que se aportaba existencia a la mercancía en tanto que mercancía, y el modo material en que se producen los objetos en tanto que objetos y las mercancías en tanto que mercancías.

Los dispositivos

Frente a todo dispositivo la pregunta que hay que hacerse es: ¿qué operación lleva a cabo? La respuesta suele ser siempre la misma: este dispositivo separa y singulariza los cuerpos fraudulentos de entre la masa indistinta de usuarios, obligándolos a ciertas acciones de fácil ejecución (en mi panóptico, pasar frente a un usuario en regla —conserje en recepción— o poseer una tarjeta-llave. De este modo el dispositivo posibilita la existencia del predicado «defraudador» (o lo que es lo mismo, la existencia de un cuerpo determinado en tanto que defraudador). Se configura así el espacio de tal modo que la configuración aparece en sí misma como en suspensión, como algo simplemente dado. Aquello cuya existencia posibilita no se presenta materializado por él. El dispositivo no impide el fraude, sino que realiza el predicado «defraudador» en aquél que lo desafía. Por lo tanto, yo como ente, en tanto que ente determinado, soy un producto de dispositivos. Es el nuevo paradigma del poder productivo de los dispositivos.

Por tanto, dispositivo es un espacio polarizado por falsas antinomias, de modo que cuanto suceda o circule por él resulte reducible a uno u otro de esos términos. Por tanto, todo dispositivo funciona a partir de un emparejamiento (también podría decirse que los emparejamientos que funcionan son los creadores de dispositivos). Emparejamiento desigual, en el que el mayor es la norma. El dispositivo agrega aquello compatible con la norma por el simple hecho de no diferenciarlo, de sumergirlo en la masa anónima, como soporte de todo lo «normal». El término menor del dispositivo lo constituirá lo anormal. Dentro del dispositivo, lo no normativo se determina como su negación, como lo anormal. Lo simplemente otro se reintegra como lo otro de la norma, como lo opuesto a ella. La esencia de todo dispositivo es imponer una división autoritaria de lo sensible donde todo lo que llega a la presencia debe enfrentarse al chantaje de su opuesto dual.

Lo peor de todo es que el dispositivo echa raíces en nuestra esencia humana. En su estructura profunda. Llegamos a experimentar una disposición frente a ellos que no es espontánea. Llegamos a percibir que nos poseen. Somos receptáculos de las máquinas significantes dispuestas en serie que aparecen de antemano inscritas en nuestro lenguaje corriente, en la gramática, en la metafísica, en el SE.

Quienquiera que hable, actúe y «viva» en un dispositivo cuenta en cierto modo con la autorización de éste. Todo se configura alrededor de sus actos, sus palabras, su conducta. El dispositivo garantiza la integración, la conversión en identidad de un conjunto heterogéneo de discursos, gestos, actitudes, ecceidades. La conversión de cualquier acontecimiento en identidad es el medio por el que los dispositivos imponen un orden localmente tiránico al caos global del imperio. La producción de diferencias y subjetividades obedece también a un imperativo binario: la pacificación imperial se basa enteramente en la escenificación de numerosas y falsas antinomias, de muchos conflictos aparentes. Su activación produce el efecto momificador que ya conocemos y que acaba por conseguir de nosotros la indiferencia omnilateral que precisa el intervencionismo sin concesiones de la policía imperial.

Trabajo en un espacio panóptico, en una de las plantas de una de esas siniestras colmenas de vidrio y acero características del sector terciario. Un espacio de decenas de cuerpos sentados, en filas, distribuidos según una lógica modular a la que le han hurtado, en una vuelta perversa al control, la consabida separación entre cuerpos de tabiques de cristal transparente. Un espacio en el que los vigilantes tienen sus propios cubículos, también transparentes pero unipersonales, desde los que ejercen, en presencia y en ausencia, su labor in vigilando. Todos, menos el vigilante mayor, que se ha dotado de la capacidad de opacar su espacio, de hurtarlo a la vigilancia del vigilado, recordándole quién es quién en la cárcel. El de mi trabajo es un espacio brutalmente politizado que obliga a una inmovilización brutal del cuerpo. Y también que evidencia la paradoja de unos cuerpos que parecen todavía más inmóviles al encontrarse sus funciones mentales activadas, cautivas y movilizadas al mismo tiempo, bullendo y respondiendo al momento a las fluctuaciones del flujo informático que atraviesa las pantallas. La multitud, masa compacta, lugar de intercambios múltiples, individualidades que se funden, efecto colectivo, se anula en beneficio de una colección de individualidades separadas. El efecto mayor del panóptico es inducir en el habitante un estado consciente y permanente de visibilidad que garantiza el funcionamiento automático del poder. Hacer que la vigilancia sea permanente en sus efectos, incluso si es discontinua en su acción. Que la perfección del poder tienda a volver inútil la actualidad de su ejercicio. El edificio, así, como aparato arquitectónico, es una máquina de crear y de sostener una relación de poder independiente de aquél que lo ejerce. Nosotros, los trabajadores nos hallamos insertos en una situación de poder de la que somos los propios portadores. El trabajador es observado sin cesar. Se induce en él un estado consciente y permanente de visibilidad que garantiza el funcionamiento automático del poder. La vigilancia es permanente en sus efectos, incluso si es discontinua en su acción. El trabajador no debe saber jamás si en aquel momento se lo mira, pero debe estar seguro de que siempre puede ser mirado. Es un aparato capaz de crear y de sostener una relación de poder independiente de aquel que lo ejerce, dándole espacio para desarrollar la comedia del "buenrollismo" aspérgico al que nos tiene acostumbrados.

El poder en mi panóptico reside menos en un cuerpo de vigilancia que en cierta distribución concertada de los cuerpos, de las superficies, de las luces, de las miradas. Poco importa quién ejerce el poder. La máquina funciona sola. El que está sometido a un campo de visibilidad, y que sabe que lo está, reproduce por su cuenta las coacciones del poder; las pone en juego espontáneamente sobre sí mismo; inscribe en sí la relación de poder en la cual juega simultáneamente los dos papeles; se convierte en el principio de su propio sometimiento. Por eso el poder real puede aligerar su peso físico; tiende a lo incorpóreo; y cuanto más se acerca a este límite, más constantes, profundos, adquiridos de una vez y para siempre e incesantemente prolongados serán sus efectos: perpetua victoria que evita todo enfrentamiento físico y que siempre se juega de antemano.

Llego a mi trabajo usando un dispositivo que asegura un máximo de circulación con un máximo de control. En el que nada se mueve sin que sea a la vez indudablemente libre y aparezca estrictamente identificado, clasificado e individualizado en el exhaustivo fichero de las matriculaciones. Ese dispositivo es la autopista. Organizado a manera de red, dotado de sus propios puntos de abastecimiento, de su propia policía, de sus espacios autónomos neutros, vacíos y abstractos, balizado por líneas a través del paisaje. Una heterotopía en la que todo está diseñado para que no ocurra nada, nunca. El transcurso indiferente de lo cotidiano se muestra puntuado únicamente por la serie estadística, prevista y previsible, de unos accidentes de los cuales se nos mantiene al corriente por más que casi nunca seamos testigos de los mismos, y que por lo tanto son vividos no como sucesos, con sus muertes, sino como perturbaciones pasajeras de las que no quedará rastro al cabo de una hora. La autopista ha sido concebida por entero, con sus largas curvas, con su calculada y uniforme señalización, para reducir todas las conductas a una: a la sorpresa cero, al recorrido sensato y tranquilo terminado en un punto de llegada, tras circular a velocidad media y regular. Dentro de este dispositivo —como de los otros— se experimenta una ligera sensación de ausencia, propia de todos los dispositivos (solo podemos estar dentro de ellos si nos promete la perspectiva de salir sin haber estado nunca, verdaderamente, dentro).

Teoría del Bloom

Leopold Bloom, personaje del «Ulises» joyceano, da nombre y perfil antropológico al individuo anónimo de la metrópolis moderna. A ese nadie desvinculado de la comunidad, de la tradición o de una identidad fuerte. Un sujeto intercambiable, casi vacío, que representa la subjetividad producida por el capitalismo tardío. Un tipo anónimo, indiferente, con una interioridad débil, movilidad constante y vida cotidiana banal: el ciudadano promedio de la modernidad urbana, que atraviesa la vida sin épica (como Leopold atravesaba Dublín), que observa, consume y deambula. Un hombre disuelto en la circulación urbana. Deleuze hablaría de un perfil así como un sujeto en proceso: nunca una esencia estable sino un proceso de devenir. Un sujeto desidentificado, un resto de subjetividad producido por los sistemas sociales. Con Guattari, en «Mil mesetas», se referiría a la sociedad en la que circula como flujos de circulación: dinero, deseo, información... Bloom es un punto cualquiera dentro de esos flujos. Un sujeto que no dirige la historia, sino que la atraviesa. Un anybody sin atributos heroicos, impersonal.

Hay una lectura nietzscheana del Bloom que se apoya en su «Zaratustra» y su último hombre, que da una de las claves más interesantes de la lectura política de la modernidad. Ese der letzte Mensch aparece como el resultado final de una civilización que ha eliminado el riesgo, la grandeza y el conflicto. El hombre que busca comodidad y seguridad, que evita cualquier forma de intensidad vital, que vive en una sociedad igualitaria y administrada y que ha perdido toda voluntad de superación. Es el ser humano adaptado al bienestar mediocre. Urbano, consumidor, intercambiable, psicológicamente neutro y políticamente pasivo, carece de identidad fuerte y de proyecto histórico. Es meramente una presencia que circula en la metrópolis. Deleuzeanamente, es una subjetividad descompuesta por los sistemas sociales, fragmentado, atravesado por flujos y sin centro estable (Franco Battiato hace suyas las teorías de Tiqqun y le presenta cercando un centro di gravitá permanente).

¿Qué ocurriría si finalmente el Bloom encontrara ese centro estable? Tiqqun se agarra a la esperanza de una reconfiguración del individuo, por el que ese habitante estándar del capitalismo tardío que trabaja, consume, se desplaza, observa y no cree realmente en nada, ese sujeto suspendido, podría ser un punto de partida posible para otra forma de vida. Hardt y Negri —en «Imperio»—son optimistas: la globalización produce multitud como una masa de individuos conectados capaces potencialmente de nuevas formas de cooperación. Yo me encuentro más del lado del de Röcken.

Tanto en la autopista como en mi panóptico, estoy rodeado de «Blooms» —el Bloom viene a suponer la condición de funcionamiento de los dispositivos y de nuestra propia vulnerabilidad frente a ellos. El dispositivo pretende integrarse en nosotros a modo de prótesis indispensable de nuestra presencia, como una muleta natural. Se produce una necesidad de dispositivo que éste no apaga, sino que incrementa. Los dispositivos incitan a la expresión de las diferencias individuales—, sujetos anónimos, singularidades vacías, dispuestas a todo, sin identidad pero reidentificables en cada momento. Gentes que continuamente luchan por transformar en tiempo de ocio el tiempo de desplazamiento. O el tiempo de trabajo. Y quien vigila sabe cómo convertir un medio hostil en acogedor para que el Bloom promedio soporte la existencia más desoladora y extraiga de ello el máximo rendimiento social. Así, ese Bloom superará cualquier predisposición a la angustia en cuanto, superados los primeros obstáculos, se haya integrado (su fisiología, sus costumbres y su carácter) en este espacio laboral panóptico personalizado.

Dentro del panóptico todo ello se desarrolla para producir un espíritu de empresa, una visión/misión homogénea, pero la contrapartida es que ese espíritu produce residuos, cuerpos entendidos ahora como desechos, como masa inerte y molesta, que es al mismo tiempo condición necesaria y obstáculo para el desarrollo de un proceso puramente cerebral —que es el sueño húmedo de cualquier empresario—. Así, sillas, mesas, ordenadores, no son más que un dispositivo. Un apresamiento productivo. Un atenuador de cualquier forma de vida metódico e inadvertido para la mayoría.

El Bloom de mi panóptico es un hombre indiferente al acontecer del resto de Blooms que le rodean; que ya no sabe acompañar la llegada a la presencia de las cosas, que se revela pobre en experiencia de mundo. Y todo ello se ha logrado por una estudiada economía de la presencia en este pequeño universo. Este mundo neoliberal triunfa por implantar una economía de la presencia en formato de crisis. La crisis de la presencia se hace crónica y se objetiva mediante una enorme acumulación de dispositivos. Cada uno de ellos funciona como prótesis existenciales que la empresa administra al Bloom para permitir su supervivencia pese a esa crisis de presencia y sin que sea consciente de ella, para que permanezca día tras día sin sucumbir —un portátil, unas pantallas, un día de celebración, reuniones in-humanas, boletines de acontecimientos que nos fuerzan a sentir como propios pero que tienen la proximidad de lo marciano... muletas apropiadas a condición de que se recambien a menudo.

Tomados uno a uno, los dispositivos les protegen —a ellos, a los dueños del panóptico— contra el estado de las cosas. El objetivo es mantener a cualquier precio la economía imperante por medio de una gestión autoritaria de la crisis de la presencia, e instaurar un presente contrario al libre curso de la llegada a la presencia. Es un mundo rígido bajo la apariencia de la máxima flexibilidad. El Bloom, ávido de bloomificación, reclama «tener» un espíritu libre, en lugar de «ser» un espíritu libre. Tener un espíritu libre significa que el dispositivo toma a su cargo a aquellos que se le someten. Hay en ello una cierta comodidad, la de poder olvidar hasta nueva orden que uno está en el mundo. Pero en cada dispositivo que los amos del panóptico entregan al Bloom se descubre una intención oculta. El dispositivo puede definirse como una concreción de una intención mediante la puesta en marcha de ambientes acondicionados incluso en el hogar del Bloom. El flujo resulta necesario para el mantenimiento del dispositivo, pues tras él se oculta esta intención. La mercancía, es decir, el trabajo que permite concentrar el mayor número de cuerpos en cierto número de dispositivos estandarizados, obligándolos a pasar y a permanecer, organizando cada uno su propia trazabilidad. ¿O acaso no es cierto que en la actualidad trabajar no supone tanto hacer alguna cosa como ser una cosa, y sobre todo estar disponible? La mercancía —el reconocimiento gracias al cual cada uno autogestiona su sumisión a una policía cualitativa y mantiene con los demás cuerpos la distancia exacta, lo suficientemente grande como para neutralizarse pero no lo bastante como para quedar al margen de la valoración social. Así, guiado por la mercancía, el flujo de los Bloom impone con suavidad la necesidad del dispositivo que lo incluye. Una arquitectura que alberga un mundo fosilizado y que no tiene necesidad de lisonjear al poder soberano, porque es, en sí misma, el poder soberano: solo tiene que configurar el espacio, dejando todo lo demás a la crisis de la presencia.

Las formas clásicas del capitalismo son ahora formas vacías, simples vehículos al servicio del mantenimiento de los dispositivos. Ya no se fundamentan en sí mismas: ahora son funciones de otras cosas. De lo político, que predomina sobre lo económico. Ya no importa tanto la plusvalía como el control. El grado de consecución de la plusvalía es igual al grado de control local que implica. El Capital no es más que un medio al servicio de un Control generalizado. Se trata de extender la circulación entre dispositivos (de la autopista al panóptico-empresa, por ejemplo), al constituir el más claro vector de trazabilidad universal y de orden de los flujos. Así, el individuo autónomo —portador de una intencionalidad propia— es la figura central del dispositivo (que ha dejado de orientar al individuo, al ser el individuo el que se orienta dentro del dispositivo.

¿Por qué los Bloom nos sometemos en bloque al dispositivo, cualquiera que sea? Por comodidad. No rebelarse supone fundirse absolutamente con el dispositivo, demostrar conformidad con él para no estar obligado a una relación de fuerza entre el cuerpo y un conglomerado de trabajadores, vigilantes y, eventualmente, agentes de policía. La rebelión me obliga a una presencia, a una atención, a un nivel de exposición de mi superficie corporal que, algunas veces —la mayoría—, no estoy dispuesto a asumir. Rebelarme me obliga a pensar en mi situación. Y no siempre dispone uno de energías para ello. Entonces pago. Pago para verme dispensado de la experiencia del dispositivo en formato hostil. Pago por mi derecho a la ausencia.

Estrategias contra la bloomificación

Como he dicho antes, el Bloom es también una condición desde la que podría surgir la revuelta. Una paradoja. Parece vacío y alienado, pero precisamente por ello, no está totalmente integrado. Es una subjetividad inestable, susceptible de transformarse. ¿Y qué le ocurre al Bloom cuando, ocasionalmente, despierta, se despereza y se da cuenta de la estrategia de los amos? La mayor parte de las veces ha sido tratado desde un punto de vista biopolítico, como un enfermo. Los nombres de la dolencia han ido cambiando —últimamente se le llama burnout, pero ha sido depresión, esquizofrenia, psicastenia...—, pero la operación es siempre la misma: reducir las manifestaciones demasiado extremas del Bloom a «meros problemas subjetivos». Si es una enfermedad, se la puede individualizar, se la puede detectar, se la puede reprimir de forma que pueda resultar asumible colectivamente. Cualquier estrategia que valga para impedir que lleguen a constituirse mundos, técnicas, relatos compartidos o magias por las que la crisis de la presencia pueda superarse, transformarse en máquina de guerra. La ruptura en la transmisión de la experiencia, de la opinión, de la historia, se mantiene de manera brutal para garantizar que el Bloom se vea siempre reenviado y abandonado «a sí mismo», a su propio y solitario escarnio, a su aplastante y mítica «libertad».

Se trataría de crear una política que desafiara esta crisis de la presencia impuesta, elaborando dinámicas participativas, técnicas de habitación, no de un territorio, sino de un mundo. Pero ello exigiría la liquidación de todos los dispositivos. Existe un aliado en este mundo entregado a los dispositivos, este mundo que gira fanáticamente alrededor de una gestión de la visibilidad que pasa por la gestión del Ser: el Tiempo. Tiempo de la experiencia, el tiempo que guía y altera nuestras intensidades, el tiempo que desvencija, deforma, corrompe, descompone y destruye, ese tiempo que es deserción, que es la esencia misma de la deserción, el tiempo que se concentra y expande en haces de momentos donde toda unificación aparece amenazada, arruinada, truncada y rayada en su superficie por los propios cuerpos.

Disponemos del Tiempo. Darse tiempo es condición necesaria del estudio de los dispositivos. Descubrir las regularidades, las concatenaciones, las disonancias; cada dispositivo posee su propia musiquita, ya se trata de un ligero desacorde, de una dislocación repetida, de un proceso de desgaste, de pérdida, de desquiciamiento. Una música que no pueden percibir quienes fluyen por el dispositivo, puesto que su paso sigue de forma demasiado marcial el compás como para escucharla.

Desdoblarme en presencia aparente, evanescente, sin espesor, en alguien absolutamente del montón, y en una segunda presencia, íntegra, intensa e interna, para la que se anima cada detalle del dispositivo que me rodea, con sus cámaras, su vigilante, la mirada del vigilante, los ejes de visualización, los otros clientes, el aspecto de los otros clientes. Condiciones de existencia solitaria en lucha contra la bloomificación por medio de los dispositivos, que implica la insumisión del cuerpo aislado, la resolución de escapar —incluso solo, incluso de forma precaria, por un esfuerzo de la voluntad— a cierto estado de estupefacción, de duermevela, de ausencia de sí que constituye el telón de fondo de la vida en los dispositivos.

Hemos de aprender a difuminarnos, a pasar desapercibidos en la franja gris de cada dispositivo, a camuflarnos tras su término mayor. Por más que nuestra reacción espontánea fuera oponer el gusto por lo anormal al deseo de conformismo, debemos adquirir la habilidad de devenir seres completamente anónimos, de dotarnos de la apariencia de puro conformismo. Debemos dominar este auténtico arte de superficie para llevar a cabo nuestras operaciones. Hay que despedirse de la pseudotransgresión de las no menos pseudoconvenciones sociales, revocar el partido de la «sinceridad», de la «verdad» y del «escándalo» revolucionario en beneficio de una cortesía tiránica, gracias a la cual cabe mantener a distancia al dispositivo y a sus poseídos. La transgresión, la monstruosidad y la anormalidad reivindicadas conforman la trampa más retorcida que los dispositivos pueden tendernos. Querer ser singular en un dispositivo supone nuestra principal debilidad, por la cual puede retenernos e introducirnos en su engranaje. Por el contrario, el deseo de ser controlado, tan habitual entre nuestro contemporáneos, expresa antes que nada el deseo de ser.

El modo de ser de toda cosa, en el seno del dispositivo, es el de posibilidad. Diferente del acto y de la potencia. Al contrario que la potencia, la posibilidad es siempre posibilidad de algo. Que en el seno del dispositivo toda cosa exista a partir de la posibilidad significa que cuanto adviene en el dispositivo adviene como actualización de una posibilidad que le era previa, y que por eso mismo resulta más real que él. Todo acontecimiento resulta reabsorbido en su posibilidad, apareciendo como consecuencia previsible y pura contingencia de ésta. Lo que adviene no es, pues, más real por el hecho de advenir. De esta manera, el dispositivo excluye al acontecimiento, y lo excluye sirviéndose de su inclusión (por ejemplo, declarándolo posible con posterioridad).

Así, lo que materializan los dispositivos no es sino la más destacada impostura de la metafísica occidental («la esencia precede a la existencia»). Para la metafísica, la existencia no es más que un predicado de la esencia; por eso mismo, según ella, lo existente no haría otra cosa sino actualizar una esencia que le sería originaria. Según esta doctrina, la posibilidad, es decir, la idea de la cosa precedería a esta; cada realidad sería por lo tanto algo posible que por añadidura ha adquirido existencia. Pero si se piensa, se deduce que es la realidad plenamente desarrollada de una cosa la que plantea su posibilidad en el pasado. Desde luego, es preciso que el acontecimiento haya advenido con la totalidad de sus determinaciones para poder aislar algunas, para extraer la representación que le hará figurar como habiendo sido posible.

Todo lo que es en un dispositivo se ve reconducido a la norma o al accidente. Mientras perviva el dispositivo, nada puede sobrevenir. El acontecimiento, ese acto que reserva para sí su propia potencialidad, solo puede advenir desde el exterior como eso que pulveriza aquello mismo que debía conjurarlo. Y finalmente, cuando ocurre, tras el primer instante de conmoción causado por la inexorable tarea de la potencia, el dispositivo se reforma: se incluye, desactiva y reterritorializa el acontecimiento, se le asigna una posibilidad, una posibilidad local.

Los dispositivos son por naturaleza contrarios al sentido, cuya ausencia tienen en todo caso vocación de gestionar. Quienes hablan de sentido sin dotarse de medios (renunciar a la comodidad del aislamiento bloomesco) para destruir los dispositivos son nuestros enemigos directos. La mayor parte de dispositivos se demuestra, en efecto, vulnerable ante cualquier forma de insumisión colectiva, al no haberse concebido para oponer resistencia. La separación de cuerpos y la atomización de formas-de-vida suponen las condiciones de supervivencia de la mayoría de dispositivos.

La organización jerárquica de mi panóptico

Mi dispositivo funciona como un aparato disciplinario que estructura, filtra, normaliza y administra la circulación de la palabra. Estableciendo de forma tan «amable» la administración de la comunicación, establece que nadie puede saltar su escalón jerárquico y captura, así, el discurso. De esta forma, el mando se convierte en un portero de la información, en un editor de los problemas y en un censor potencial de la crítica. El resultado de todo ello es que la organización no percibe la realidad directamente. Solo recibe una versión filtrada por los intereses de autopreservación. En mi panóptico, el poder se escucha a sí mismo, y no tiene oídos para nadie más.

Si tuviera que echar mano de Max Weber, diría que mi dispositivo ha degenerado (o fue creado con esta intención) en una «dominación formal»: un sistema donde las reglas existen para proteger la estructura, no para resolver problemas. El escalón obligatorio crea un fenómeno típico en el que cada nivel minimiza los problemas que transmite, amplifica sus propios éxitos y bloquea lo que puede incomodar al nivel superior. Así, la jerarquía deja de ser un sistema de decisión y se convierte en un sistema de ocultación.

Mi dispositivo panóptico está regido por la «irresponsabilidad distribuida», en palabras de Arendt. Nadie decide realmente. Cada nivel puede decir: yo solo transmito lo que me llega, pero al mismo tiempo nadie permite que algo suba si amenaza su posición. El mando intermedio (y valen responsables, directores, coordinadores...) vive atrapado en una paradoja: si deja pasar los problemas, parece incompetente, y si los bloquea protege su estatus... la conclusión parece lógica: el sistema premia la opacidad.

Siempre aparece Nietzsche en mi reflexión: mi dispositivo reproduce la moral corporativa del último hombre del «Zaratustra»: debes evitar conflictos, no debes incomodar a los superiores, no debes destacar demasiado y no puedes cuestionar el orden. El talento que intente atravesar esta estructura será percibido como una amenaza —y no solo por el poder: los iguales se revolverán aún más virulentamente (eterno principio panóptico)—; así, el sistema selecciona caracteres dóciles, no inteligencias críticas. Mi dispositivo se protege del pensamiento y crea un cuello de botella institucional: la información sube lentamente, la crítica casi nunca llega y las decisiones se toman sobre una realidad ficticia. Padece de ceguera organizacional. Cree gobernar el sistema, cuando en realidad está gobernada por los filtros intermedios. Una jerarquía impermeable es una organización ciega. Una jerarquía funcional debería organizar la responsabilidad, no secuestrar la comunicación. Por ello, cuando el acceso al nivel superior se convierte en un tabú corporativo, la estructura deja de ser una herramienta racional y se transforma en un sistema defensivo de autoprotección burocrática. Mi dispositivo ya no persigue la verdad operativa de lo que ocurre en él, sino algo mucho más pobre: la tranquilidad de sus mandos intermedios. Priorizar la tranquilidad jerárquica sobre la verdad acaba, tarde o temprano, creando un sistema que se gobierna sobre una ficción administrativa.