
Una producción del Teatre Romea para el GREC 2025 Festival de Barcelona.
Autoría: Mark Rosenblatt
Traducción: José María Pou
Dirección: Josep Maria Mestres
Reparto
José María Pou - Roald Dahl
Victòria Pagès - Felicity "Liccy" Crosland
Pep Planas - Tom Maschler
Clàudia Benito - Jessie Stone
Aida Llop - Hallie
Jep Barceló - Wally Saunders
Escenografía - Jorba-Miró Estudi-taller d'escenografia
Vestuario - Sasteria Baseiria i Consol Diaz
Primera representación: Teatre Romea el 5 de julio de 2025
Fecha de Representación de la presente crítica: Teatro Bellas Artes (Madrid) el 8 de marzo de 2026
La escenografía nos muestra el interior de una de las dependencias de Gipsy House, la residencia de Roald Dahl y de Liccy Crosland, que han iniciado una vida en común —ahora en público— tras once años de relación secreta. El escritor se ha separado de su esposa, la actriz Patricia Neal y convive con la que fue su asistente y diseñadora de interiores. Roald está revisando las pruebas de imprenta de su próximo libro, Las brujas, que está a punto de salir a la venta. Junto a Tom Maschler, su editor, revisa las ilustraciones de Quentin Blake, quien ya había ilustrado anteriormente Matilda, El gran gigante bonachón y Charlie y la fábrica de chocolate.
Pero Maschler está allí con otro cometido. En agosto de ese año, Dahl había publicado en The Literary Review un artículo que tituló Not a Chivalrous Affair, que era una reseña del libro God Cried, del periodista Tony Clifton y la fotógrafa Catherine Leroy, que denunciaba los atroces crímenes de guerra perpetrados en la matanza de Sabra y Chatila en septiembre de 1982, en plena guerra del Líbano, cuando las milicias cristianas libanesas entraron en aquellos campos de refugiados palestinos y durante dos días se emplearon a fondo en una atroz matanza que fue permitida por el ejército israelí —que no les impidió la entrada y que mantuvo el cerco al área mientras se producía—. La reseña de Dahl contenía una condena feroz de la intervención israelí en Líbano, una acusación contra el gobierno israelí y comentarios polémicos sobre la influencia política judía en Estados Unidos. Esa reseña alarmó a sus editores, que ante las reacciones de los libreros y otros públicos con poder de prescripción, pusieron en marcha toda la maquinaria empresarial para conseguir del escritor una retractación pública. Y esa maquinaria comprendía la utilización de la amistad entre Maschler y Dahl y la entrada en escena de la editora de la sucursal de Nueva York, Jessie Stone, que ha simulado un viaje intercontinental para entrevistarse con el escritor.
El enfrentamiento entre ambos es vehicular y se concentra en unas horas en las que asistiremos, por la magia del teatro, a los cuestionamientos vitales que consumieron las horas de aquellos que ahora están al otro lado de la cuarta pared y que deberían consumir las nuestras.
¿Cuáles son las preguntas que nos hace el autor desde las tablas? Porque, usando a Mayorga, este texto sabe cosas que su autor desconoce y acaso encierra ocasiones de silencio que Pou, Pagès, Planas, Benito, Llop y Barceló han descubierto hoy, conmigo enfrente, y han hecho memorables. En ese encuentro conflictivo entre los actores y mi persona, en el que siendo todos fingidores —ellos fingiendo que son otros y yo fingiendo que me lo creo—, se nos ha vuelto a cuestionar a la misma humanidad. Hoy, nos han arrojado puñados de acusaciones, nos han avergonzado de ser humanos, de estar ahí, huyendo de reflexionar en la degradación moral de aquellos que de forma activa o pasiva están permitiendo que, mientras nos interpelan con la pregunta de ¿qué estás tú haciendo para impedirlo?, se esté produciendo un genocidio en Gaza. Todos estábamos congregados ante la acusación que se nos estaba arrojando a la cara, de estar ignorando lo que no puede ocultarse más: estábamos disfrutando del ocio en medio de una Tercera Guerra Mundial. Como nos ha advertido Harari, lo peor no es la inevitabilidad de la guerra, sino la complacencia de quienes la estamos viviendo. Este conflicto moderno, difuso, híbrido y continuo.
Dahl-Pou se enfrentó ante lo inefable del drama de una guerra, ante el horror de la destrucción, ante la complicidad de aquellos que, pudiendo haber intervenido para frenar el conflicto, no lo hicieron. El ejército israelí, que controlaba la zona tras la invasión del Líbano, no fue quien ejecutó la masacre, pero permitió la entrada de las milicias y cercó el área. El ejército israelí fue culpable también de esa masacre. La Comisión Kahan creada por el gobierno israelí dictaminó que Israel no había sido responsable directa de la matanza (pero Ariel Sharon dimitió como ministro de defensa). Aún así, en Tel Aviv se celebró una de las mayores manifestaciones de la historia del país en la que se exigieron responsabilidades al gobierno.
Dahl, antes de ser un famoso autor infantil, fue piloto de combate de la RAF y veterano de la segunda Guerra Mundial. Su conciencia quedó profundamente marcada por el horror del nazismo y el Holocausto. Es la razón por la que, ante la paradoja histórica intolerable de que Israel, un estado surgido tras el Holocausto, fuera responsable de una matanza tan horrible. El pueblo judío ocupaba hasta ese momento el lugar paradigmático de víctima absoluta debido al Holocausto. ¿Cómo pudo ser posible que la víctima histórica apareciera ahora como un monstruo sin alma? Israel había traicionado el estatuto moral de la víctima.
¿Tiene derecho una víctima histórica a convertirse en verdugo? ¿El sufrimiento que le fue infligido al pueblo judío podría legitimar esa violencia en Sabra y Chatila? ¿Es entendible que el juicio de Dahl, su indignación moral degenerara en resentimiento? ¿Es justo que la culpa de esos militares se amplíe al grupo —lo judío— y el juicio moral se convierta en pasión hostil?
Para Dahl, Israel representaba la herencia moral del sufrimiento judío europeo. Por tanto, esa memoria del sufrimiento generaba unas expectativas éticas en el pueblo judío muy especiales. Una responsabilidad histórica, en palabras de Hannah Arendt. Dahl había hecho extensiva la culpa del Estado al pueblo, incurriendo en un esencialismo colectivo, atribuyendo la responsabilidad moral del hecho a todo el pueblo judío. En palabras que Rosenblatt pone en la boca de Pou: echo de menos a los judíos de todo el mundo saliendo a la calle gritando «no en mi nombre». Dahl, desde un estadio ético kierkegaardiano, está comprometido con principios universales e indignado por la injusticia cometida. Exige, por tanto, una coherencia moral: no se puede ser históricamente una víctima de la violencia y aparecer ahora vinculado a un episodio de violencia contra civiles. Se muestra indignado absolutamente. Pero puede verse esa indignación como una forma de fanatismo moral. Podría objetársele que no está distinguiendo situaciones concretas y está ampliando su indignación a un colectivo entero. Ha saltado a un estadio de desesperación ética. Se ha convertido en juez universal y no se baja de la acusación permanente. Se ha convertido en un moralista ético atrapado en la desesperación de la justicia absoluta. La narrativa moral clara y prístina que existía hasta entonces —víctima absoluta vs. verdugo absoluto— salta hecha añicos y le producen (a él y a muchos más) angustia moral. El mundo ha perdido la simpleza de una moral maniquea.
¿Se equivocó Dahl instalándose en un relato moral absoluto y hablando de «los judíos» como colectivo responsable? Esa es la pregunta que me persiguió —me persigue aún— tras la salida del teatro.
Y me cuestioné a mi. La pregunta que me persiguió —me persigue— es: ¿si hubiera presenciado esta obra en otro momento (anterior a este, en el que Israel ha masacrado al pueblo palestino en Gaza y que, aliado a los Estados Unidos de Trump está implicando en una guerra formidable a todos los países fronterizos causando víctimas civiles indiscriminadas) mi pensamiento sobre la acción de Dahl sería igual que el que ahora tengo? He sido tradicionalmente muy crítico con las políticas del Estado israelí hacia los palestinos. La ocupación y el sistema de control sobre sus territorios son moral y políticamente insostenibles. La expansión de asentamientos en Cisjordania erosiona cualquier posibilidad de solución política, por lo que Israel corre el riesgo de convertirse en un Estado etnonacional permanente. Esa forma de dominación estructural es incompatible con los valores democráticos que Israel afirma representar.
Y criticar a Israel no es antisemitismo, aunque ciertos discursos puedan deslizarse imperceptiblemente hacia ello. Para un europeo es difícil no caer, aunque sería un error usar el antisemitismo como escudo ideológico para bloquear cualquier crítica al Estado israelí. Podría convertirse en un instrumento discursivo dentro de la política internacional, si no lo es ya de facto. Tan condenable como la masacre de Sabra y Chatila fue el ataque de Hamas contra Israel de octubre de 2023, en el que la causa palestina también perdió legitimidad moral. Como sucedería con cualquier causa que adopte en su lucha formas de violencia indiscriminada. Yo coincido con Dahl en lo referente a que la memoria del Holocausto no debería nunca utilizarse como un instrumento de legitimación automática de políticas estatales. Condeno el antisemitismo. Condeno el terrorismo. Condeno la política del Estado israelí. Condeno la instrumentalización del conflicto. Pero intento no caer en el error de elegir un lado moral absoluto: eso sería simplificar la historia, impedir el análisis real y convertir este conflicto en un instrumento identitario global. Porque creo que hoy día estamos en eso: la guerra entre Israel y Palestina perdura porque sirve como símbolo político indispensable para muchos actores internacionales. Es un conflicto necesario para la pervivencia de las narrativas de muchas ideologías, como los nacionalismos, que argumentan los conflictos como los resultados de los odios milenarios existentes entre los pueblos enfrentados, reproduciendo la ilusión de que el conflicto siempre estuvo ahí. Las crisis —políticas o económicas— que hacen surgir líderes nacionalistas que reinterpretan el pasado como una sucesión de agravios permanentes. Así, el enemigo es el vecino con el que se había convivido desde siempre y que comienza a verse como una amenaza existencial. Entonces, cuando la proximidad cultural se vuelve intolerable, surge la violencia étnica. Pero nosotros los occidentales, desde nuestros cómodos sofás, vemos las asépticas imágenes del conflicto y mientras masticamos las pizzas que hemos pedido a los deliverys de turno, lanzamos condenas morales abstractas, apoyamos o exigimos —siempre tarde— alguna intervención (si puede ser de alguien que no tenga cara: por ejemplo «boinas azules» o «fuerzas de pacificación», o «contingentes de la OTAN»), incapaces para comprender las dinámicas reales del conflicto. Lo que no debería sorprender, puesto que la maquinaria siempre nos presenta estos conflictos con una mezcla de indignación moral, cálculo geopolítco y simplificación mediática.
Esta es la maravilla del teatro. Interpela continuamente a nuestras conciencias y nos hace reflexionar sobre lo que, anestesiados como estamos, nos pasa inadvertido.

