
He visto Sarajevo Safari. Un documental esloveno de 2022 dirigido por Miran Zupanic que nos informa del turismo de guerra que surgió durante el sitio de Sarajevo, por el que millonarios extranjeros pagaron altas sumas de dinero para disparar a civiles desde posiciones de francotirador controladas por el Ejército de República Srpska (VRS). Fueron tan numerosos los turistas que compraron su billete que llegó a considerárseles el elemento más temido de la vida bajo sitio en Sarajevo. En lo que fue una operación sofisticada y secreta, los turistas fueron organizados a través de Belgrado, transportados a Pale en helicópteros del ejército yugoslavo y luego llevados a posiciones de sniper en colinas circundantes como el barrio de Grbavica. Se pagaron fees de entre 80.000 € y 100.000 € por los puestos de caza. Había una lista de precios en la que los niños eran más caros…
Había una lista de precios en la que los niños eran más caros…
Había una lista de precios en la que los niños eran más caros…
Nos encontramos ante un problema ético fundamental que trasciende las ideologías políticas… convertir la muerte humana en una transacción. ¿En qué condiciones la vida humana se convierte en mercancía? ¿Existe algo sagrado o inviolable que escape a toda transacción? ¿Qué ocurre en la psicología humana cuando se elimina la barrera entre observación y participación en la violencia? La instrumentalización de la muerte viene de antiguo, por ello la pregunta es si el fenómeno es inherente a ciertos sistemas o a la naturaleza humana bajo presión extrema.
Un análisis justo debería reconocer diferentes niveles de culpabilidad. Los autores directos, esos turistas criminales, responsables moralmente por sus actos, de los que hay que preguntarse si actuaban con conocimiento pleno o bajo ilusión; las estructuras militares como facilitadores activos, ¿lo hacían movidos por ideología de guerra, por lucro o por control territorial?; los gobiernos occidentales ¿mostraron negligencia, tolerancia o complicidad activa?; la comunidad internacional, ¿por qué fue tan lenta en sus reacciones?, ¿qué impidió su actuación inmediata ante crímenes manifiestos?
La perspectiva existencialista sartreana nos dice que los perpetradores fueron completamente responsables de sus acciones sin que puedan escudarse en el sistema. Si embargo, la perspectiva estructuralista foucaultiana nos dice que los individuos son siempre producto de discursos y estructuras de poder que los preceden. Creo que la verdad se encuentra en la tensión entre ambas perspectivas. Los tiradores eligieron tirar, aunque sus opciones ocurrieron dentro de un contexto de guerra, caos institucional y posibilidades económicas concretas. También Arendt reflexionó sobre la posibilidad de ausencia de pasión ideológica en los peores crímenes. Después del Holocausto, cabe dudar de si podríamos seguir calificando a estos de fenómeno excepcional —el Sarajevo Safari es un crimen atroz pero específico de un momento de colapso estatal; no revela dinámicas normales de la sociedad— o de un rasgo profundo de nuestra constitución —el Sarajevo Safari hace visible una vez más lo que ocurre difusamente en todas partes: esas jerarquías de poder que permiten que algunas vidas valgan más que otras—. Me recorre un escalofrío imaginando que alguno de esos francotiradores de fin de semana se hubiera estremecido, incluso llorado, ante las imágenes de ese Amon Göth que, mientras dirigía el campo de concentración de Plaszów, incorporó a su cotidianidad disparar a prisioneros desde el balcón de su casa, interpretado por Ralph Fiennes en La lista de Schindler de Steven Spielberg. Porque ellos también mostraron el mismo sadismo instrumental, el mismo placer obtenido del dominio absoluto, de la cosificación de las víctimas. En medio de ese contexto de desinhibición en el que la ideología del tour-operador legitima la violencia, en el que la jerarquía elimina la responsabilidad individual y en el que la impunidad elimina frenos internos, opera siempre esa razón de que el sistema no crea el mal desde cero, pero lo desata y lo normaliza. ¿Serían los turistas monstruos excepcionales? ¿Solo se necesita la combinación de ambición, dinero, ideología y ausencia de límites para llegar a ser uno?
En mi reflexión, el aspecto más perturbador es que la violencia se ejecuta como entretenimiento. Esto interpela a algo muy profundo de la psicología humana que ya pensaron Hobbes o Lorenz: ¿existe una capacidad inherente para la crueldad o esta es un producto de circunstancias específicas? Habría que analizar qué hace que ciertos contextos permitan que esa capacidad se actualice. El colapso de la autoridad, la deshumanización del enemigo, la falta de consecuencias aparentes, la adrenalina del riesgo… todo ello converge para liberar el monstruo reprimido. ¿Qué existe en el ser humano para que, bajo ciertas condiciones, se vuelva capaz de atrocidades como esta?
Hobbes habla del ser humano, en estado de naturaleza, como egoísta por instinto, violento por necesidad de supervivencia e incapaz de cooperación sin coacción externa. Sarajevo Safari lo confirma de forma perturbadora: incluso dentro de instituciones, cuando el orden se derrumba, resurge la violencia natural. Razón de necesidad del más estricto y fuerte Leviatán, de esa autoridad centralizada que monopolice la violencia. Los turistas son ciudadanos de estados funcionantes que voluntariamente abandonaron ese orden para participar de la barbarie que se estaba cometiendo a algunos kilómetros de sus tranquilas residencias. La maldad no solo resurge sin instituciones, sino que es elegida por algunas personas inmersas en instituciones estables.
Schopenhauer sostuvo —y es rabiosamente válido hoy en día— que la realidad fundamental es una voluntad ciega, una fuerza irracional que impulsa toda existencia, y que es amoralmente destructiva, incapaz de razón y manifestada en competencia, sufrimiento y crueldad. Todo ser viviente es una manifestación de esa voluntad destructiva. Los humanos estamos particularmente contaminados a causa de nuestra inteligencia y además permanecemos esclavizados por impulsos irracionales (un hombre adinerado viajando a una zona de guerra por impulsos que no puede articular racionalmente es un sádico que goza en el sufrimiento ajeno y que tiene la necesidad de sentir poder sobre la muerte absurda, ya que su crimen no tiene propósito racional). Nada podría argumentar a la vuelta de sus “vacaciones”, no podría racionalizar lo que en él hay de más profundo, que es la manifestación bruta de la violencia destructiva que le atraviesa.
Es la voluntad de poder de Nietzsche, por la que todo ser busca incrementar su poder y entiende que la crueldad es moralmente neutra, un aspecto de la vida misma; ese mismo ser es el que piensa que la compasión es una invención de los débiles para controlar a los fuertes. En la lectura nietzscheana, el Sarajevo Safari revela la paradoja de la decadencia occidental en la que unos turistas ricos, residentes en democracias liberales, que se supone que han superado la crueldad arcaica mediante valores cristianos y humanitarios, ven como irrumpe de forma desatada la voluntad de poder reprimida que nunca fue realmente superada, solo camuflada. Estos personajes afirman la vida mediante la muerte. Se sienten vivos matando. En cierto sentido están afirmando su propia vida a través del ejercicio del poder. La seguridad y el confort de la vida moderna occidental no eliminan el impulso destructivo; lo dejan sin expresión legítima. Por ello resurge de forma patológica de cuando en cuando.
Interpretándolo desde Freud, el Sarajevo Safari es la manifestación de Tánatos. El instinto de muerte hecho consciente. El turista no mata por supervivencia, sino por el acto mismo de matar, por la experiencia de terminar una vida. Es Tánatos puro: la pulsión de retorno a lo inorgánico, de destrucción, a través de la muerte de un otro. El acto de matar se vuelve sexualmente excitante en un entrelazamiento de Eros y Tánatos. El turista experimenta placer, una excitación que tiene componentes sexuales aunque no sea explícitamente sexual. El turista encarna el fracaso de la represión civilizadora que intenta canalizar a Tánatos hacia formas aceptables (deporte, empresa,…), pero que en entornos de colapso, cuando la represión se debilita, Tánatos irrumpe sin mediación.
En definitiva, la crueldad no es patología sino manifestación de lo que realmente somos. La compasión, la moral, la ética, son contra-instintos, represiones sobre nuestra naturaleza más profunda. Agustín de Hipona postula que la maldad no es ausencia de bien —eso lo diría el Aquinate— sino una corrupción positiva del ser. Si existe el pecado original estamos inclinados hacia el mal. Sin estructuras externas fuertes (moral, religión, ley) la inclinación resurge —incluso con ellas lo hace—. Para Agustín, el Sarajevo Safari sería una confirmación del estado caído de la humanidad. Siempre hemos estado ahí.
¿Cómo podría un turista de este safari vivir el lunes siguiente, ya en la oficina? Konrad Lorenz explica que la agresión intraespecífica es un instinto evolucionado. Nosotros hemos desarrollado armas que pueden matar a distancia, por tanto podemos matar sin el feedback emocional de la muerte cercana. El turista dispara a la distancia suficiente que le ahorre el espectáculo del sufrimiento real. Así, puede mantener desactivada la empatía que evolucionó para frenar la agresión en combate cercano. La distancia psicológica permite que la agresión evolutiva se manifieste sin ningún tipo de barreras. Concomitante con las teorías de Günther Anders y su obsolescencia del ser humano: hemos creado tecnología que supera nuestra capacidad moral y que crea una brecha prometeica en al que nuestra capacidad técnica supera nuestra capacidad ética y eso nos ha hecho terminar operando máquinas que no comprendemos completamente. El turista sniper no es un guerrero tradicional que ve el rostro del enemigo. Está a distancia, mediado por la tecnología, presa de lo que Anders llama desresponsabilización técnica: puede matar sin sentir que es un asesino. La tecnología que está usando genera un daño que su imaginación moral no puede procesar completamente. La muerte del civil sitiado es real, pero para el turista es representación, entretenimiento, experiencia virtual. En Sarajevo, la maldad fue industrializada. Fue un acto administrativo en el que la responsabilidad personal se abolía mediante la división del trabajo.
Según las ideas de Baudrillard, el turista compró la experiencia como consumo. Consumió la experiencia de matar. No mató por ganancia material, por territorio o por ideología. Mató para añadir experiencia a su portafolio. Un acto de consumo en su forma más pura. El acto de matar es menos importante que la experiencia, la memoria, la narrativa que el turista construiría —imagino que en petit comité— después.
Las conclusiones no pueden ser más perturbadoras. La maldad del ser humano es estructura fundamental que la civilización no transforma, solo reprime, por lo que bajo ciertos escenarios se quiebra. La educación, los valores, las leyes solo intentan contrarrestar impulsos más profundos, pero se ven derrotados si se dan las circunstancias que liberan al lobo. Y la inteligencia solo agrava el problema: torturamos por placer, matamos usando sofisticadas maneras y justificamos nuestras violencias con narrativas muy elaboradas.
Pero sigo preguntándome (mi vida es una interrogación)… si nuestros impulsos destructivos son biológicos u ontológicos, ¿somos realmente libres de elegir no matar? Es decir, si el turista está actuando bajo impulsos profundos que compartimos todos, ¿merecemos condenarlo o debemos compadecerlo por su incapacidad —que también es la nuestra— de resistirlos? ¿Puede alguien que actúa desde la maldad intrínseca arrepentirse verdaderamente, o solo puede racionalizar a posteriori?
¿Será que la maldad es intrínseca y requiere que vivamos incómodamente, sin ilusiones reconfortantes sobre nuestra naturaleza? Sarajevo Safari nos muestra que la civilización es más frágil de lo que creemos. Que la maldad no precisa de ideología, solo de oportunidad. Que nuestros contra-instintos morales pueden colapsar con sorprendente rapidez. Que los humanos somos capaces de lo impensable —y de hacerlo con calma—.
Sarajevo Safari es un fenómeno tan patológico que me ha forzado a echar mano simultáneamente de todas estas lentes para aproximarme a su comprensión. Esto es lo más aterrador. No existe un error conceptual único que pueda ser corregido. Sarajevo Safari es un síntoma, no una aberración.

