
Que muera el arte y se haga el mundo sería un inversión del lema fascista "Fiat ars, pereat mundus". Aquel parece ser el eje conceptual de los ataques a obras de arte que a lo largo del planeta se están sucediendo. En su ingenuidad, estos activistas parecen creer que sus acciones van a provocar una súbita concienciación de los poderes fácticos, los que realmente influyen sin legitimación democrática, como el económico-financiero, el mediático, los lobbies empresariales o sectoriales, las jerarquías religiosas, los aparatos militares o de seguridad, o los grandes sindicatos o corporaciones profesionales; y de los poderes formales (ejecutivo, legislativo y judicial, tan formalitos ellos y bien peinados con raya al lado) que ejercen de iure, por norma, mandato electoral o designación legal. Ingenuamente, digo, creen contar con los apoyos de los poderes simbólicos o culturales (Academia, industria cultural, intelectuales influyentes) que moldean imaginarios y legitimidad social. O con los apoyos del poder social o civil (opinión pública, movimientos sociales, redes ciudadanas) en su papel de catalizadores o contrapesos.
Su necesidad de atraer la atención ha encontrado un altavoz mediático que no resuena como debiera. Vestidos con camisetas-mensaje, arrojan sopa de tomate (tan warholiano) contra girasoles vangoghianos, puré de patata contra los pajares monetianos, o se pegan con loctite a la chica de la perla de Vermeer o a las majas goyescas. ¿Qué nos quieren decir? Su afán es lanzar un mensaje a las naciones industrializadas: o paráis rápida y radicalmente de emitir vuestro CO2, o paráis todos los nuevos proyectos alrededor del gas o del petróleo, o este mundo va a colapsar. El alemán concienciado que atentó contra el Monet gritaba: «Estamos en una emergencia climática y todo lo que os preocupa es sopa de tomate o puré de patata en un cuadro. ¿Cuándo empezaréis a escuchar?».
Vuelvo a la ingenuidad de este activismo. La inoperancia de la política, sierva del capital para conseguir la adopción de medidas efectivas y acuerdos que frenen la debacle climática es evidente, palpable y risible si se repasan los acuerdos finales de esas COP climáticas que vienen produciéndose desde hace años. Ese teatro diplomático en el que la retórica avanza más rápido que la descarbonización, bajo la mirada -cuando no la influencia- de los mismos intereses económicos que deberían ser transformados. Ineficaces, mentirosos, esa ritualización de la diplomacia con periodicidad anual que da alimento a cumbres mediáticas, promesas simbólicas y resultados marginales, no es sino un greenwashing sistémico en el que gobiernos y empresas usan la reunión para legitimarse en verde sin cambiar sus modelos productivos. Si el sistema climático global debe funcionar por consenso, siendo éste mínimo, dará resultados mínimos (o improductivos). Esos foros están secuestrados por la rivalidad entre las grandes potencias, que tras la guerra de Ucrania ven inminente, si no presente ya, la crisis energética global. De ahí que los países estén más ocupados defendiendo su desarrollo fósil que el futuro del planeta. Una celebración anual elitista y tecnocrática que usa a indígenas y actores sociales como imagen amable pero que les hurta la participación real en las decisiones que han de tomarse. Un aquelarre en el que no se consigue reducir la dependencia global de los combustibles fósiles, pero se mercadean las compensaciones (loss and damage) dando a entender que son incapaces de evitar el problema de raíz. Acuerdos para la galería, para los socios mediáticos, hueros de análisis o inteligencia, que nos informan de ellos, pero no resaltan en negrita y subrayado (no vaya a ser que les retiren las publicidades que pagan los salarios de sus jefes) que no son acuerdos coercitivos, que no existen sanciones por incumplimiento, que siguen siendo compromisos voluntarios y que se posponen decisiones clave a futuras COP. Es patético ver cómo se llegan a acuerdos en los tiempos de descuento (cuando algún medio denuncia que se acaba la reunión y nada se ha pactado) pero sin detalles operativos. Promesas de financiación que no se cumplen, países ricos que siguen sin cumplir su compromiso de entregar 100.000 millones anuales, acuerdos sin financiación que no pasan de ser retórica vacía, falta de información acerca de quién pagará el fondo de "pérdidas y daños". Confianza norte-sur erosionada. Esperanza de ciudadanos defraudada. Mass media que no actúan como el periodismo nos dice que va a hacerlo, en ese código deontológico que llena tantas bocas, tanto imaginario literario y cinematográfico y que en la realidad no existe: el periodista no es sino escriba que redacta al dictado del poder lo que el poder quiere que pensemos. En breve habrá otra COP (no importa cuándo leas esto), a la que asistirán más de 600 lobistas de petróleo y gas, superando cualquier delegación de cualquier país, dando un aspecto de feria de petróleo y gas (a la que estos personajes acuden en avión, con su consiguiente huella de carbono, que sonríe en un rictus irónico inaguantable). En resumen: más declaraciones que compromisos reales, ausencia de avances sustanciales en reducción de emisiones ni calendario concreto para ello, repetición de promesas no cumplidas pero no ampliadas...
Pero nadie se inmuta. Nos lo cuentan entre los goles de alguna estrella del fútbol y el estreno de la última película del director más de moda del momento. Y pasa inadvertido, porque estamos anestesiados. Por ello entiendo el afán de los activistas de lanzar un mensaje alto y claro: parad ya, o nos vamos a la mierda. ¿Y cómo? Con el vandalismo dirigido a las obras de arte. Porque duele. Conforme el arte occidental se ha ido democratizando, se ha ido haciendo más inclusivo y más accesible, exponiéndose más a más gente. Antes del s. XVIII, el gran arte estaba a resguardo del alcance del público. Hogaño, está a su alcance. Literalmente. Mirar (no quiero arriesgarme a usar verbos como "contemplar" o "entender" o "apreciar", no soy tan iluso) una obra maestra de la pintura es hoy tan asequible como escuchar música, leer un libro o ver una película (y tan raro). En algunos países los museos nacionales son de entrada gratuita. Visitar sus colecciones permanentes es de una facilidad pasmosa. En otros, el precio de ingresar es equivalente a una entrada de cine (puedes apreciar a Velázquez y su obra o a Santiago Segura y su Torrente con el mismo esfuerzo: las cifras de visitas a uno y otro nos informan de la salud cultural de este país, por ejemplo). Sin embargo, a diferencia de libros, música o películas, la pintura no puede duplicarse. No hay copia, fotografía, vídeo o realidad virtual que pueda reemplazar la experiencia del original. Aún así, en virtud de su propio principio, es reproducible, puesto que lo que el hombre crea puede ser copiado por el hombre. Y la copia se ha practicado desde siempre. Me cuenta W. Benjamin, en mi viaje a Portbou, que hasta la reproducción más perfecta adolece del hic et nunc, ese je-ne-sais quoi, ese "algo" que solo le es propio al original: la unicidad de su existencia en el emplazamiento en que se halla. Porque en ese -o esos- emplazamiento/s vivía una existencia única en la que ocurría el trabajo de la historia, que imprime alteraciones en su estructura material, así como las cambiantes relaciones de propiedad de las que haya sido objeto. Este hic et nunc, el que le da la pátina de autenticidad, unicidad y excepcionalidad, es el que hace que el mundo se agite cuando le atacan. Cuando le agreden. El hic et nunc que las hace únicas las convierte también en objetivo. Y las redes sociales, que todo lo exacerban, hacen que esos ataques se vuelvan tan atractivos para aquellos que no encuentran la manera de ser escuchados.
Pero, ¿son realmente atentados? No se están produciendo daños irreparables —se eligen cuidadosamente aquellas obras que están protegidas y las armas que se usan contra ellas son inocuas—. Yo los llamaría performances, intervenciones, actividades que, con una gran astucia, utilizan la deplorable degradación de los medios de comunicación para conseguir el altavoz y la diseminación planetaria del mensaje, por otra parte tan necesario. Estas acciones son simbólicas. Están ideadas para no hacer daño a las obras. Tan lejos de aquel otro ataque que sufrió la Venus del Espejo en la National Gallery de Londres en 1914 a manos (a cuchillo) de Mary Richardson para mostrar su disconformidad con el arresto de una camarada sufragista. Once muestras de disconformidad dejó en la tela de Velázquez. O las peripecias que ha venido viviendo la Gioconda leonardina desde 1911, en que desapareció del Museo del Louvre parisino. El hurto desató una auténtica histeria nacionalista, en el agitado clima social y político del momento, cuando ya se estaba gestando la Primera Guerra Mundial. Lo que nos importa es que las revistas ilustradas de la época, tanto en Francia como en el extranjero, al relatar la desaparición de la obra, reprodujeron masivamente, con mayor o menor fidelidad, la imagen de la pintura. Se hizo popular. Por consiguiente, se le perdió el respeto. En 1914 la obra fue recuperada. El ladrón fue un mecánico italiano henchido de nacionalismo que quería devolver la obra del gran Leonardo al patrimonio de Italia. Tres años estuvo la Mona Lisa debajo de su cama. De nuevo, hubo avalancha de reproducciones. Aparece entonces la circulación de la imagen: la misma ilustración con la variante del monumento-signo. Comienza a hacerse global, indistinta, uniforme, familiar... hasta que en 1919 Duchamp dice que L.H.O.O.Q (está cachonda). El arte perdiendo el respeto por el arte. Interviniéndolo, modificándolo, pero en el contexto de la reproducción técnica de la imagen, en el contexto de la cultura de masas.
Y ese era el pacto, hasta la fecha: solo la reproducción hacía posible la intervención sobre las obras originales. Era divertido, y era pactado. Venga, tú haces tus cosas sobre la foto de ese original que cuelga de la pared del museo, yo me río, o me escandalizo, o reflexiono. Tú te haces famoso con tu punto de vista... y por la noche nos acostamos sabiendo que mañana el original y su hic et nunc seguirán colgados de la pared del museo. Pero ahora se hace necesario golpear las conciencias burguesas adormecidas, anestesiadas. En este momento se trata de profanar el templo y llegar a los pies de la obra. Ahora se trata de demostrar que si no tenemos conciencia ecológica y hacemos algo para preservar este planeta, ¿para qué queremos el arte? No es arriesgado pensar que la simbolización de la protesta es más efectiva para lograr, al menos, una mayor repercusión. Otra cosa es que, como siempre, nuestros congéneres se fijen en el dedo, en lugar de dirigir la mirada a la luna que es apuntada por él, que se está eclipsando. Vivimos en un mundo en el que ya no es posible la experiencia. Tenemos anestesiadas las percepciones -esas que posibilitan la experiencia-. El exceso de información —mejor dicho, el exceso de exposición— opera inconscientemente una anestésica en nosotros. Un embotamiento que es funcional a los manejos capitalistas, que hacen y deshacen a modo, con la aquiescencia ignorante del vulgo. Si la única vía de experiencia es el shock, ¿no cobra sentido el tomate chorreando por el Van Gogh?

