Odi Profanum Vulgus et Arceo

Philosophia, Aesthetica & Contemplatio

(nuevo)

Oh, how I solitude adored!

De mi soledad.

Vivo inmerso en un complejo nudo de afectos en el que me veo incapaz de habitar todos sus vínculos sin incurrir en pérdida, contradicción o escisión. Malvivo simultáneamente ligado a múltiples relaciones importantes, fundamentales para mi, que han devenido incompatibles entre sí. Haga lo que haga, no hay ninguna posibilidad de conciliación que permita que yo pueda satisfacer mis necesidades afectivas, éticas y sociales sin pérdida. Estoy cogido en una trampa. O en varias.

Radicalmente (en su etimología latina: desde la raíz) he venido practicando (en mi sempiterna misantropía) un cierto aislamiento social, si con ello quiere entenderse que el número de mis lazos ha sido tradicionalmente escaso, o casi nulo. De ello se ha derivado, tras una serie de peripecias más o menos recientes, un cierto aislamiento emocional, una falta de vínculo íntimo. Y también como resultado de esas peripecias, me hallo inmerso desde hace años en una profunda soledad producto de la incompatibilidad entre mis dos únicos nodos de afectos: mi familia y mi pareja.

Una superposición de trampas en las que mis tres polos: yo, mi familia y mi pareja están tensionados por un par de ejes: uno afectivo (amor, apego), y el otro normativo-social (aceptación, legitimidad, estructura social), que no son compatibles simultáneamente. Una trampa de lealtades en la que mi familia rechaza a mi pareja —y viceversa, por supuesto— y en la que yo me empeño en mantener vínculos con ambos, que genera lealtades dividas e imposibilidad de coherencia plena. Los efectos son evidentes: división de adhesiones e imposibilidad de coherencia total. De ahí mi sensación de culpa estructural constante. Una trampa de doble lazo, en la que eligiendo a mi familia, o la pequeña parte de mi familia a la que aún considero como tal, traiciono mi compromiso afectivo, y eligiendo a mi pareja, rompo con mi sistema de origen. Una trampa en la que, cualquiera que sea la decisión que tome, hay un coste emocional y social. Una trampa en la que, haga lo que haga, fallo.

Una trampa de reparación, en la que por reparar un error, cualquier cosa que hiciera podría interpretarse erróneamente como una compensación que me permitiría sostener el vínculo que yo mismo rompí. Podría verse desde fuera como una toma de decisiones para arreglar algo, no para estructurar. Por otro lado, una trampa de dependencia asimétrica que podría malinterpretarse —de hecho me consta que hay gentuza que lo hace ya— como que nuestra relación estuviera basada en una dependencia estructural legal y material, con una intuida y malpensada asimetría de poder, en la que nuestro vínculo —mucho más profundo y complejo de lo que nadie pudiera jamás sospechar— podría pensarse como parcialmente sostenido por necesidad y no por elección. Una mezcla de amor y supervivencia. También una desgarradora trampa de ambigüedad —de cobardía, podría llamarla también— en la que hasta ahora había mantenido la relación con mi familia y la relación con mi pareja, a distancia —mayor o menor, pero distante en ambos casos—, sin resolver ninguna tensión y manteniendo todas activas.

Estuve, en definitiva, viviendo estos últimos años en un equilibrio inestable —un desequilibrio desgastante— en medio de un conflicto múltiple, evitando acometer cualquier ajuste, porque hiciera lo que hiciera, iba a perder. Pero al mismo tiempo, sufro un desgaste continuo por mantener ese statu quo tan dañino para mi. Soy consciente de que no existe una solución correcta que evite el daño y la pérdida. Que la única elección que me cabe es la pérdida —y su dolor asociado— que me permita eliminar este estado intermedio en el que estoy sumido, porque me desestabiliza. Y he decidido establecer mis prioridades entre esos vínculos, he decidido elegir un núcleo principal y romper parcialmente con la familia. Con pérdida, pero sin culpa.

He abandonado la ilusión de que podría mantenerlo todo, porque en esa quimera me estaba perdiendo a mí mismo, estaba perdiendo la claridad y, a no mucho más tardar, iba a perderlo todo. Así las cosas, y evitando hacerme la pregunta trampa de ¿a quién quiero más?, solo me cabía decidir qué estructura de vida podía sostener sin fractura interna, sabiendo que no se sale de ninguna trampa aceptando las reglas del sistema y buscando la mejor opción dentro de ellas. En esta taxonomía en la que me hallo inmerso, nutrida de culpa, lealtades incompatibles y ambigüedad, no podia continuar pensando que no hay daño. Cambié mi estructura de decisión, modifiqué las reglas del propio sistema: cambié las opciones que existen, cambié las variables que importan y eliminé las restricciones incompatibles.

En mi trampa, construida con dos opciones: familia o pareja, no existía una elección exenta de conflicto. Cualquier elección que tomara, iba a conllevar pérdida y la tensión sobrevenida permanecerá. Pero llegué a la conclusión de que todo ello cambiaría si una de las variables dejara de ser obligatoria. O si pudiera redefinir el sistema. Opté por redefinir la relación con mi familia —erradicando mi continua búsqueda de aprobación—, y determiné tras horas y horas de conversación, la relación con mi pareja —sin basarla en la reparación de mi culpa—. En definitiva, rompí todas las dependencias estructurales que me estaban asfixiando. De esta forma ha desaparecido el conflicto. Me salí de un sistema atrapante, que penalizaba todos mis intentos de cambio. La única manera de salir de este sistema era cambiar el juego.

En mi circunstancia, mi vínculo familiar —mi pertenencia, mi identidad, mi historia— estuvo relacionado con mi vínculo sentimental, con mi pareja —mi afecto, mi intimidad, mi proyecto—, y a consecuencia de algunos acontecimientos precisos y otros nunca aclarados, se le impusieron algunas restricciones. No puedo cambiar lo que mi familia siente. No puedo cambiar el pasado. Solo puedo modificar el grado de dependencia, el nivel de ambigüedad, la definición de mis compromisos, la estructura de mi vínculo con cada parte y mi tipo de decisión —clara o difusa—.

Mis opciones pasaban por tres posibilidades: una nueva jerarquización, una reconfiguración del vínculo o una ruptura controlada. Durante más años de lo que me gustaría admitir, mantuve una viscosa ambigüedad. Finalmente, opté por una nueva jerarquización en la que volví a definir mis prioridades entre familia o pareja, a sabiendas del conflicto subsiguiente. Era consciente de la pérdida, del dolor inmediato e insoportable y llegué a aceptar una posible ruptura. Por consiguiente, reconfiguré el vínculo, planteé un nueva relación con mi familia, pasando de aquella vieja búsqueda continua de validación a la relación autónoma; y acepté la totalidad de la circunstancia de mi pareja. Puedo coexistir con ambos sistemas estableciendo unos límites muy claros, a sabiendas de que el requerimiento en madurez relacional es muy alto y demanda aceptación por ambas partes. Por último, si todo ello deviniera en una ruptura controlada, implicaría la eliminación de uno de los nodos —y priorizando a mi pareja, como lo hago, por encima de todo y de todos, reduzco inevitablemente el vínculo con mi familia—. Simplificaría radicalmente el sistema y reduciría el conflicto central, la claridad sería deslumbrante, pero… ¿será soportable el dolor?

Tendrá que serlo, porque ¿sería preferible continuar en la ambigüedad —en esa cobardía— que no es neutral, que no es sino una forma activa de empeorar la situación? Seguir con ambos vínculos, no definir prioridades, no cambiar dependencias, seguir acumulando tensiones, desgastándome —desgastándonos— psicológicamente, haciéndonos daño de forma progresiva…

Solo un mandato preside mi reflexión: no decidir nunca para reparar el pasado. Hacerlo para conseguir una estructura sostenible en el futuro inmediato y a medio plazo. El problema no es emocional y he estado mucho tiempo evitando resolver un problema estructural con herramientas emocionales. Por ello escribo. Para abandonar aquella deliberación desde el «¿cómo hacer para que todo encaje?» y pasar al «¿qué configuración de vida es estable y sostenible para mi aunque implique pérdida?». Ninguna opción existe sin coste, ninguna opción ofrece un equilibrio perfecto. Ninguna elimina completamente la soledad o el conflicto. No era elegir entre una opción más o menos buena, sino analizar qué conjunto de pérdidas estaba dispuesto a asumir de forma consciente y estable.

Oh, how I solitude adore!

The Element of noblest wit,

Where I have learnt the Wise man´s lore,

Without the pains to study it!

En definitiva, he dejado de estar solo. Estructuralmente solo, separado, arrojado a un mundo que no he elegido y sin poder delegar mi existencia. He dejado de generar conflictos al relacionarme con los otros sin terminar de eliminar aquella soledad estructural. Esa soledad, mi soledad, que era angustia, porque era posibilidad, y que era absurda porque no tenía respuesta a ninguna de mis preguntas. Que fue necesaria para hacerme, y también el precio exigido para separarme del rebaño. Fue el precio por mi libertad, por mi autonomía, y era más caro cuanto más radical fue mi aislamiento. En aquel pasado reciente, los otros nunca aminoraron mi soledad. Solo he coexistido, nunca me he fusionado. Y cada vez que intentaba huir de la soledad terminaba siempre en conflicto de dominación o de subordinación. Hasta ahora, nunca el otro suprimió la soledad: solo la reconfiguraba. Ni el otro, ni el producto, ni el proceso, ni el trabajo: todo ello era —es— alienación, y la alienación es soledad. Estaba solo en un mundo hiperconectado en el que mi anonimato era indiscutible en medio de multitudes virtuales. Vínculos frágiles como el cristal, que aumentan la soledad.

Pero ahora vivo la compañía, el amor, también como condición de posibilidad del autoconocimiento, de poder enfrentarme cara a cara con mis miserias, pero acompañado de alguien que me recuerda pertinaz e insistentemente que soy mortal. Compañía que agranda mi tiempo, que aumenta mi corporalidad, que me obliga a afinar mi lenguaje, atrofiado por falta de interlocución, escribiendo en estos libros, y que me induce una pérdida de significatividad del espacio, antaño reducido a mis libros, mis cuadernos y mis dispositivos. Compañia para un no estar en un mundo extraño que no identifico como mío, porque el nuestro lo construímos todos los días a partir de nosotros.«