
Podría haber titulado este texto Eros en la oficina: cuando el cuerpo desafía al orden; o: La irrupción de lo íntimo: cuerpo, espacio y norma; o: El cuerpo que olvida el mundo: una fenomenología del instante erótico; o: La voluntad de vivir contra la mesa de trabajo; o: Ser‐para‐otro en el despacho: vergüenza, libertad y situación; o: De los amores inoportunos y la fragilidad de las instituciones… podría haberme acercado al asunto desde otros ángulos, desde otros miradores. Pero no cambiaría el sentido que quiero defender.
El episodio nos informa de una pareja sorprendida en actos eróticos en un espacio laboral. Algo que, de tan viejo y repetido (ocurre desde que todos los sexos comparten espacio de trabajo) debería no causar revuelo o conmoción. Pero hete aquí que aún hoy lo hace. O lo que es peor, que aún hoy hay quien se siente ofendido por ello y apela a razones rancias que nada tienen que ver con la comprensión de lo humano. El hecho es un acontecimiento concreto que ha hecho visible lo que normalmente permanece invisible. Una pareja sorprendida follando sobre una mesa de oficina no es simplemente un escándalo moral ni una anécdota curiosa: es una fisura en el orden que da paso a la luz que ilumina la arquitectura que rodea ese orden.
No cabe para mi la pregunta ¿está bien o mal lo que hicieron?, sino otra mucho más inquietante: ¿por qué ese acto, en ese espacio, resulta tan perturbador? ¿Qué orden ha sido violado exactamente, y quién lo instituyó?
El espacio nunca es neutro1. La arquitectura no solo contiene cuerpos: los produce, los organiza y los disciplina. Las oficinas modernas son herederas directas de las instituciones disciplinarias del siglo XVIII y XIX: la fábrica, el cuartel, el hospital, la escuela… Todas comparten una gramática común que distribuye a los individuos en el espacio y asigna a cada persona un lugar, una función y una postura esperada. Una gramática que controla la actividad reglamentando el tiempo, haciendo que la funcionalidad presida los gestos y orientando los cuerpos hacia la producción. Una gramática que impone una vigilancia jerárquica (el jefe puede estar mirando, o los colegas, o cámaras de CCTV). Una gramática que impone sanciones normalizadoras a quienes se desvían de la norma: los corrige, los juzga, los señala…
Por eso, que el acto se haya producido en una mesa de despacho no es banal. Esa mesa se ha convertido en un objeto filosófico extraordinario. Ya no es un mueble, sino una tecnología de sujeción que le dice al cuerpo cómo debe posicionarse, hacia dónde debe mirar, qué movimientos son legítimos. Los cuerpos sobre las mesas de las oficinas trabajan. No gozan. No aman. No descansan. Cuando esa pareja follaba sobre una mesa, no solo estaba violando un protocolo laboral, sino —más importante— que estaba profanando uno de los altares del orden disciplinario.
Si el poder disciplinario funciona mediante la producción2 de sujetos, comportamientos y cuerpos útiles —y no, como podría parecer, mediante la represión—, el concepto clave es el de cuerpo dócil —o útil—. Nosotros, los trabajadores modernos, hemos internalizado esa docilidad. Cuando llega la hora, nos sentamos correctamente, controlamos nuestras emociones, reprimimos nuestros afectos, subordinamos nuestros cuerpos a los ritmos de la empresa. El deseo, en particular, es objeto de una rigurosa higiene espacial. Puede existir en otros lugares (el automóvil cuando la pareja sale de la institución, o su hogar —en cualquiera de sus declinaciones—, o la alcoba —también en todas sus variantes—), pero no aquí. Por eso, lo ocurrido en ese despacho es precisamente la insurrección del cuerpo dócil. Esos cuerpos que debían ser instrumentos de producción se convirtieron, súbitamente, en instrumentos de placer. La docilidad se había quebrado, y eso generó horror en la empresa. No porque hubiera un daño concreto, sino porque se había desestabilizado toda la economía simbólica del espacio.
En esos panópticos modernos, modelos de poder, no se requiere vigilancia constante. Basta con que nos sepamos vigilados para que nos auto‐controlemos. La disciplina se vuelve interior: el guardia externo se convierte en guardia interno. La oficina, panóptico funcional con puertas sin cerradura y con una cultura de la visibilidad permanente, nos recuerda constantemente a los trabajadores que nuestro cuerpo está, en potencia, siempre bajo observación. Por ello, la pareja sorprendida ha fallado en su auto‐vigilancia. Ha olvidado —o ha elegido olvidar— la mirada potencial. Es un olvido doble, filosóficamente hablando. En primer lugar, ha sido un fallo del dispositivo panóptico: la maquinaria de control interior se interrumpió revelando que nunca fue perfecta, puesto que el deseo puede cortocircuitar la vigilancia interiorizada. En segundo lugar, el olvido revela la naturaleza del placer: el goce, en su intensidad, tiende a abolir la conciencia del entorno, suspendiendo la fenomenología del mundo social. ¿Y qué decir de quien los sorprendió? En ese momento ocupó la posición del vigilante panóptico, viendo lo que no debería verse. Perturbador, puesto que como testigo no podrá salir indemne. Ha visto cuerpos allí donde solo debería haber visto empleados.
La modernidad3 produjo una proliferación de discursos sobre la sexualidad con el objetivo de administrarla, clasificarla y normalizarla. No reprimió el sexo. No lo silenció. Lo encuadró: le dio lugares, tiempos, relaciones y prácticas legítimas e ilegítimas. El poder no dice solo «no». Dice «no aquí», «no ahora», «no así». Con ello, la oficina se convierte en un espacio de‐sexualizado discursivamente. Por supuesto, y con toda razón, el acoso sexual está prohibido. Pero los vínculos afectivos entre compañeros son observados con sospecha. Exigimos que el cuerpo se presente en una versión depurada de sí mismo: profesional, neutro y funcional. Sin embargo, esa de‐sexualización es, en sí misma, una acto de poder. Que la oficina no sea un espacio erótico es una construcción histórica, no una verdad natural. Por eso ocurren hechos como el que estoy analizando.
Lo que escandaliza no es solo el sexo, sino que se haga fuera del dispositivo que lo contiene. Escandaliza Eros escapando de su jaula administrativa. Eros convirtiendo un espacio normativo en una heterotopía, en un contra‐espacio que impugna o invierte el espacio de la oficina. Escandaliza que oficina se equipare a barco, cementerio, espejo o burdel. Si la oficina es una utopía del orden, un espacio donde el capitalismo proyecta su ideal de cuerpos productivos, racionales y de‐sexualizados, una pareja follando en ella la convierte en una heterotopía del deseo: un contra‐espacio que invierte desde dentro la lógica que le da sentido. Esa pareja no se fue a otro lugar a escapar del orden… transformó el corazón mismo del orden en su negación. Profanaron el templo sin salir de él.
Para mi, el verdadero escándalo no es moral, sino político-ontológico. Porque nos ha enseñado que el espacio laboral es una construcción de poder que aspira a crear cuerpos a su imagen y semejanza, pero que el cuerpo —los cuerpos— exceden siempre a la institución. Nos ha mostrado a gente que se ha indignado, revelando cuánto han internalizado las normas del dispositivo disciplinario. Nos ha revelado que las costuras de ese orden que nos presentan como natural —la empresa—, pueden reventar por el erotismo (que funciona como un diagnóstico involuntario). El erotismo, y la pareja que se dejó llevar por él, ha hecho visible la maquinaria que normalmente permanece invisible porque funciona demasiado bien.
Otro aspecto nada desdeñable es el de la metamorfosis que sufrieron diferentes personas ante este acontecimiento, que pasaron sin remordimiento de la risa cómplice al moralismo disciplinario. Recorrieron en poco tiempo —el tiempo en que tardó la moralina en campear por sus fueros— un arco completo que pasó por la risa inicial —en la que el asunto no pasaba de una anécdota, un chiste de oficina— a la observación de cómo la situación iba adquiriendo peso institucional, para terminar en condena severa, indignada, alineada con el poder. No es un trayecto inocente. Es, filosóficamente, uno de los gestos más deshonestos que puede realizar un sujeto social, y merece ser diseccionado con precisión.
La risa inicial ante el conocimiento de la transgresión puede funcionar como una forma de reconocerla sin asumir su coste. Reír es asumir varias cosas: comprensión del hecho —identificación secreta con el impulso—; distancia de seguridad —«¡ufff, no soy yo quien lo ha hecho!»—; presentación de sí mismo como alguien sofisticado, por encima de la norma —«el orden no me afecta tan profundamente como para escandalizarme»—. La risa funciona aquí como una heterotopía psicológica, creando un pequeño espacio interior donde el sujeto se permite reconocer el deseo ajeno sin comprometerse con él. Es cómoda porque no cuesta nada. Es una «forma menor de valentía4» en la que se admira en secreto la transgresión que no se atrevería a cometer. Hay en ella —en la risa— un destello de fuerza vital5que el sujeto reconoce y envidia sin confesárselo.
Pero las cosas se salen de madre y de la anécdota se pasa al incidente. La situación adquiere dimensión institucional. Alguien con autoridad la toma en serio. Se abre un expediente, se convoca una reunión, se habla de consecuencias. El campo gravitacional del poder se activa. La institución señala que es grave y entonces los sujetos que se hallaban en posición ambigua o en el lado equivocado, deben elegir bien. Y eligen, invariablemente, el lado del poder. Ese poder disciplinario que no necesita imponerse por la fuerza porque le basta con hacer saber que existe. ¿Por qué? Porque alinearse con el poder ofrece algo que la risa inicial, el cuchicheo y el codazo en el bar no ofrecía: seguridad ontológica. Convirtiéndose en crítico moral, todo aquel que al principio se reía, cuchicheaba o se daba codazos, se reposiciona dentro del orden. Con su condena está diciendo: «yo no soy de los que hacen esas cosas. Yo pertenezco al lado correcto de este espacio».
Entramos en el terreno de la mala fe6, que no es simplemente mentir a los demás, sino que es mentirse a uno mismo de manera estructural. Negar la propia libertad fingiendo que no se tiene otra opción, actuar como si las normas externas fueran leyes naturales inevitables. Los que han pasado de la risa y el cotilleo al moralismo están en mala fe de forma casi perfecta, porque saben que rieron, que en algún momento encontraron el asunto humano, comprensibles e incluso divertido; porque saben que su cambio de postura no obedeció a una convicción moral genuina, sino a un cálculo de conveniencia. Sin embargo, actúan como si su indignación actual fuera auténtica, como si siempre hubieran pensado así. Son sujetos que se tratan a sí mismos como una cosa, como alguien que simplemente «es» moral, sin haberlo elegido, sin responsabilidad sobre el giro que ha dado. Se esconden detrás de la norma institucional para no confrontar su propia cobardía. Lo más inquietante de la mala fe es que el sujeto termina creyéndosela. La represión del recuerdo de la risa del inicio es casi inmediata. El moralista de hoy ha olvidado genuinamente al cómplice de ayer.
No obstante, me temo que haya una razón más oscura. Una «dimensión colectiva7». Los grupos humanos acumulan tensiones y rivalidades internas que necesitan ser descargadas periódicamente sobre una víctima, que no es elegida por su culpa real, sino por su utilidad unificadora: su condena crea una unanimidad que restaura la cohesión del grupo. Es precisamente lo que ha ocurrido aquí tras el incidente. Las posibles fragmentaciones del grupo se resuelven institucionalizando el escándalo, para tener una oportunidad de unidad en la que todos se alineen en la condena. Así, quien antes reía se suma a la condena no por convicción sino por el poder magnético de la unanimidad naciente. Es más cómodo, más seguro y produce la satisfacción de pertenecer. Así, la pareja se convierte en chivo expiatorio y carga con su transgresión y con las tensiones acumuladas del grupo, con los conflictos no resueltos, con las envidias silenciadas, con el malestar general de trabajar bajo un régimen disciplinario que nadie eligió pero que todos sostienen.
Descubro también en esos moralistas de nuevo cuño, antes reidores y que ahora se alinean con el poder, a personas cuya identidad depende del orden que ha sido perturbado. No defienden —nunca les he oído— una ética abstracta. Defienden el suelo bajo sus pies. La profanación cometida les produce vértigo existencial y condenarla es su manera de restablecer ese suelo. La profanación les asusta, porque han organizado su identidad en torno a lo sagrado, no porque sea valioso en sí, sino porque su pérdida arrastraría el sentido que ellos han construido.
Pero es inevitable que esta metamorfosis a la que he asistido me haga reflexionar. No es tan perturbadora la hipocresía individual como lo que se revela sobre cómo funciona el poder disciplinario en el ámbito de lo colectivo. Las transformaciones de los compañeros rientes en fiscales morales es exactamente el mecanismo de esa norma que se reproduce a través de los propios cuerpos que somete. El sujeto que condena cree estar ejerciendo su autonomía moral y eligiendo una posición ética, pero en realidad está siendo elegido por el dispositivo, está siendo instrumentalizado por el mismo poder del que cree ser juez independiente. Es la servidumbre voluntaria8: ese momento en que el dominado abraza su dominación no por ignorancia, sino por el extraño confort que proporciona pertenecer al orden que te aplasta.
Nada excepcional. Es la norma. Es la respuesta más probable ante este tipo de situaciones. Ello nos dice algo desolador sobre cómo los dispositivos de poder logran perpetuarse: no necesitan tiranos. Les basta personas ordinarias que, en el momento decisivo, eligen el lado más cómodo.
Notas
- 1La afirmación remite a Michel Foucault, en particular a «Vigilar y castigar» (1975) y, antes, a la conferencia «Des espaces autres» (1967): el espacio no es recipiente neutro de la acción humana sino producción del poder, dispositivo que distribuye, jerarquiza y disciplina los cuerpos.
- 2Recojo aquí la tesis central de Michel Foucault en «La voluntad de saber» (1976), primer volumen de la «Historia de la sexualidad»: el poder moderno no opera fundamentalmente reprimiendo, sino produciendo —produce sujetos, deseos, identidades, cuerpos útiles. La docilidad no se obtiene por la fuerza; se fabrica.
- 3Michel Foucault, «La voluntad de saber», capítulo «La hipótesis represiva». La modernidad no silenció el sexo: lo multiplicó como objeto de saber. Confesión, medicina, psiquiatría, pedagogía, demografía: una scientia sexualis que, al hablar incesantemente del sexo, lo encuadró, lo clasificó, lo administró.
- 4La expresión es mía, pero dialoga con Henri Bergson, «La risa» (1900): reír de una transgresión es una manera barata de participar en ella sin asumir su coste. Una corrección sin riesgo, un compromiso sin pago.
- 5Eco de la «Wille zum Leben» schopenhaueriana —la voluntad de vivir como pulsión ciega que se manifiesta con particular nitidez en el deseo erótico— y del «élan vital» bergsoniano. En ambos casos: una potencia que precede y excede al sujeto, y que la institución apenas logra domesticar.
- 6Jean-Paul Sartre, «El ser y la nada» (1943), parte I, capítulo II. La mala fe no es la mentira al otro sino al sí mismo: una manera de eludir la propia libertad fingiendo que las normas externas son leyes naturales, como si no se hubiera podido elegir lo contrario.
- 7Sigo aquí, en lo esencial, a René Girard, «La violencia y lo sagrado» (1972) y «El chivo expiatorio» (1982). La víctima propiciatoria no se elige por su culpa real sino por su capacidad de canalizar las tensiones miméticas acumuladas en el grupo: su condena restaura, por exclusión, una unanimidad fundadora.
- 8Étienne de La Boétie, «Discurso sobre la servidumbre voluntaria» (escrito hacia 1548, publicado póstumamente en 1576). La pregunta capital del Discurso —¿por qué tantos obedecen a uno solo?— sigue iluminando nuestras docilidades cotidianas: el dominado sostiene la dominación sin necesidad de tirano alguno.

