
Notas
- 1La afirmación remite a Michel Foucault, en particular a «Vigilar y castigar» (1975) y, antes, a la conferencia «Des espaces autres» (1967): el espacio no es recipiente neutro de la acción humana sino producción del poder, dispositivo que distribuye, jerarquiza y disciplina los cuerpos.
- 2Recojo aquí la tesis central de Michel Foucault en «La voluntad de saber» (1976), primer volumen de la «Historia de la sexualidad»: el poder moderno no opera fundamentalmente reprimiendo, sino produciendo —produce sujetos, deseos, identidades, cuerpos útiles. La docilidad no se obtiene por la fuerza; se fabrica.
- 3Michel Foucault, «La voluntad de saber», capítulo «La hipótesis represiva». La modernidad no silenció el sexo: lo multiplicó como objeto de saber. Confesión, medicina, psiquiatría, pedagogía, demografía: una scientia sexualis que, al hablar incesantemente del sexo, lo encuadró, lo clasificó, lo administró.
- 4La expresión es mía, pero dialoga con Henri Bergson, «La risa» (1900): reír de una transgresión es una manera barata de participar en ella sin asumir su coste. Una corrección sin riesgo, un compromiso sin pago.
- 5Eco de la «Wille zum Leben» schopenhaueriana —la voluntad de vivir como pulsión ciega que se manifiesta con particular nitidez en el deseo erótico— y del «élan vital» bergsoniano. En ambos casos: una potencia que precede y excede al sujeto, y que la institución apenas logra domesticar.
- 6Jean-Paul Sartre, «El ser y la nada» (1943), parte I, capítulo II. La mala fe no es la mentira al otro sino al sí mismo: una manera de eludir la propia libertad fingiendo que las normas externas son leyes naturales, como si no se hubiera podido elegir lo contrario.
- 7Sigo aquí, en lo esencial, a René Girard, «La violencia y lo sagrado» (1972) y «El chivo expiatorio» (1982). La víctima propiciatoria no se elige por su culpa real sino por su capacidad de canalizar las tensiones miméticas acumuladas en el grupo: su condena restaura, por exclusión, una unanimidad fundadora.
- 8Étienne de La Boétie, «Discurso sobre la servidumbre voluntaria» (escrito hacia 1548, publicado póstumamente en 1576). La pregunta capital del Discurso —¿por qué tantos obedecen a uno solo?— sigue iluminando nuestras docilidades cotidianas: el dominado sostiene la dominación sin necesidad de tirano alguno.

