
Texto y dirección: María Velasco
Actores: Maricel Álvarez y Carlos Beluga
Participación especial: Giancarlo Pia Mangione (voz eccehomo) y Lucas Sánchez (niño)
Coreografía: Josefina Gorostiza
Diseño de iluminación: Pilar Valdelvira
Diseño de sonido y composición música original: Tagore González
Diseño de espacio escénico: José Novoa
Diseño de vestuario: María Velasco
Diseño de videoescena: Albert Coma
Ayudante de dirección: Ruth Rubio
Realización escultura - Fx: Sarai Núñez Fx Estudio (casco astronauta) y Amador Rehak (máscara alienígena)
Equipo producción Pecado de Hybris: Ana Carrera
Equipo técnico compañia: Está por ver (Víctor Sánchez, Juanan Morales, Moi Méndez, Pablo de la Huerga, Manuel de Solís y Kevin Dornan)
Una producción de Nave 10 Matadero y Pecado de Hybris (Ana Carrera y María Velasco)
Fecha: 6 de septiembre de 2026
Quiso la mala suerte que detrás de mis estupendas localidades coincidiera con un par de incels, encendidos de deseo y frenados por la estulticia, que se pasaron la obra riéndose, creyendo haber entendido el chiste, colocándose inadvertidamente —para ellos— en la posición del que no entiende, ni entenderá nunca hasta que haya follado, la metáfora que se nos desplegó en el escenario, cargada de ironías incomprensibles para ellos.
A pesar de ello, la estupidez (tan humana) de mis vecinos no consiguió hurtarme el inmenso placer que supuso asistir a esta obra, a la que me fue imposible acceder en la temporada 2024 y que me dejó ayer, por fin, el inconfundible sabor a hito que tan pocas veces experimenta uno en esto de lo teatral.
La amargura de la soledad, el regusto del fracaso, el miedo a la vejez, el otro que puede actuar como solución o ser el problema irresoluble y el terror a que así sea… Las preocupaciones de una mujer (de una persona) llegada a los cuarenta años y sin ningún horizonte de estabilidad emocional en ciernes.
Hace María Velasco una dirección que desborda el concepto tradicional de teatro de texto. Escribe, dirige y participa en la construcción integral del espectáculo, incorporando danza, música, artes visuales, performance… Parte en esta obra desde una posición interesante: el amor es un bien escaso, la pareja con la que vivirlo, aún más. Tanto, que encontrar esa mitad platónica es equivalente a ser visitado por un alienígena. Todo ello, contado por medio de una dramaturgia híbrida compuesta de texto, cuerpos, danza, música y artes visuales. Además en ella es frecuente que las imágenes aparentemente extravagantes, humorísticas o incluso absurdas tengan una segunda capa de significado mucho más incómoda. Mis compañeros de butaca que, sistemáticamente, se instalaron en el gag, se perdieron —¿quizá voluntariamente, para escapar del compromiso?— todo lo que la obra estaba revelando. Una dramaturgia, pues, que no es sino un teatro de confrontación, un teatro que usa la autoficción, el cuerpo, la poesía, el humor y, también, la violencia para hacer visibles los dramas humanos que normalmente permanecen ocultos.
Para ello, Maricel Álvarez se entrega al auditorio con una concepción interdisciplinar y experimental de su cuerpo como la materia artística por excelencia. El uso de su cuerpo como instrumento dramático consigue producir el significado que remata de forma rotunda y perfecta el mensaje del texto. Su postura, la tensión, la inmovilidad, la repetición, el desplazamiento, el ritmo…, todo ello convierte sus acciones corporales en acontecimientos escénicos. Es un cuerpo sometido a una dramaturgia. Y su presencia en escena no depende de estar haciendo algo. Es teatral hasta en sus quietudes. Es una presencia que emana de su contención. Ayer sentí cómo un actor puede ocupar realmente el espacio y no simplemente ejecutar una acción dentro de él. Parece pensar la obra desde fuera mientras está dentro de ella, mostrando una inteligencia especial para la composición. Ayer, en medio de las carcajadas bobaliconas de mis incel, comprendí que Maricel estaba haciendo un esfuerzo especial, trabajando contra la evidencia. No necesitó que nadie comprendiera de forma inmediata lo que hacía, fue capaz de sostener acciones ambiguas (en el invernadero, por ejemplo), incómodas (en la cama) e incluso aparentemente absurdas (el baile con el astronauta) sin resolverlas psicológicamente, jugando con el misterio escénico, haciendo que la escena piense. Y emocionalmente, fue capaz de exteriorizar, desplazándolo hacia el cuerpo, los sentimientos y frustraciones del personaje, construyendo una conducta física que creó en los espectadores —al menos en mí— una experiencia emocional subyugante. Fue capaz de crear las condiciones para que experimentara las emociones de su personaje en mi. Y todo ello sin miedo a quedar expuesta, ridícula, incómoda, grotesca o (en ocasiones) desagradable, gracias a la enorme seguridad técnica de la que hizo gala.
En el caso de Carlos Beluga, siendo su rasgo principal la fisicidad, usó su cuerpo como materia primaria, con un dominio —como se pudo apreciar en las coreografías que realizó— muy marcado del peso, el equilibrio, el desplazamiento, el ritmo y la energía. Con esa enorme disponibilidad física, pasó rápidamente de la danza a la música, a la máscara o al movimiento, modificando su presencia en función del momento concreto de la dramaturgia. Su capacidad de cantar o de tocar instrumentos le facilitó seguramente esa concepción de la escena de la que hizo gala en términos de ritmo, tempo, pausa, repetición y variación. Y esa habilidad para que su cuerpo se convierta en personaje, para hacer frente al uso de cascos o máscaras, abandonando buena parte de la sutileza facial y haciendo que su(s) personaje(s) exista(n) mediante posturas, gestos, ritmo y dinámica corporal, contribuyó a que su interpretación fuera menos naturalista y más compositiva. Mi pega es que esa fisicidad no produjo en ningún momento dramaturgia, pero ¿qué sabré yo?… Beluga fue nominado a mejor actor en los IV Premios Godot por este papel.
En cuanto al espacio, la escenografía de Novoa cuenta con una cama central, campo de batallas —unas victoriosas y otras fallidas—, un escenario con tarima elevada desde el que Beluga, armado con sus guitarras, interpretará canciones de Massiel («El amor», un “temazo”, según el actor) y en el que está colgado un neón que reza «El amor es un OVNI». La iluminación de Valdelvira contribuye al relato y subraya momentos de ruptura, transiciones o saltos en la historia de la protagonista, adquiriendo una cierta función narrativa, aportando información y refuerzo al texto. Solo puedo objetar una pega a la utilización del estroboscopio al inicio, mientras la protagonista está en la cama y despierta. No termino de encontrar la utilidad de ese recurso, que obliga a avisar previamente al respetable, por si alguien pudiera reaccionar negativamente. El sonido fue correcto, y aunque tengo una relación muy rara con las guitarras eléctricas, en este caso no se vio afectada. Y la elección de Space Oddity, de mi querido Bowie, no pudo ser más acertada. Ese relato del momento de la desconexión entre el Control de Tierra y el Mayor Tom, existencialismo de manual en el que el sujeto arrojado, el dasein, comprueba en piel propia la indiferencia del cosmos. Pero, ¿elige el Mayor Tom quedarse a la deriva o es abandonado por el fallo técnico?. Esa indecisión nunca resuelta por Bowie hace del tema un eje de discusión productivo: la falla técnica que se vuelve indistinguible de la decisión existencial, con esa tecnología como lugar de disolución del sujeto. Aplíquese a nuestra protagonista.
En cuanto a la dramaturgia, Velasco parte de una premisa muy sencilla: una mujer llega a la mediana edad sintiéndose una especie de paria emocional en la Tierra. Después de un fracaso emocional profundo, y con el eco insistente de la sentencia paterna «no vuelvas a enamorarte hasta que cumplas cuarenta años», y tras haber pasado por Tinder, por el sexting, el ghosting y el stalkeo, se sucede un encuentro amoroso que, para ella, tiene la naturaleza de un acontecimiento sobrenatural. La equivalencia es evidente: el extraterrestre como un otro radicalmente desconocido que es amante. Si enamorarse supone encontrarnos con alguien que no conocemos, no controlamos y no podemos incorporar completamente a nuestras categorías, el otro es un alienígena, es decir, la materialización de la alteridad. Un alguien de otro planeta. Y el amor, una aventura de conocimiento de lo desconocido.
Por tanto, del amor contemporáneo que deposita su materialización mediante categorías muy racionalizadas como aplicaciones, perfiles, algoritmos, matches, sexo digital, ghosting, stalkeo, selección y descarte, en la aparición del alienígena se introduce lo imposible. Un amor que vuelve a ser avistamiento (como se denomina a la detección del UFO), aparición, contacto y acontecimiento. Un hecho tan improbable estadísticamente que llega a parecer ciencia-ficción. Así, cuanto más racionalizada está nuestra experiencia actual del amor, más fantástica resulta la posibilidad de enamorarse verdaderamente.
Pero aparece otra capa aún más interesante: la vulnerabilidad. ¿Puede una persona que ha tenido que aprender a protegerse volver a exponerse? La protagonista se ha hecho distante, cínica, irónica, experta… todo ello para protegerse. Su refugio en las aplicaciones se debió a una ilusión de control en la que podía elegir, comparar, descartar. Pero el amor verdadero, el alienígena, destruye ese sistema de protección porque exige exposición. Una pérdida voluntaria de la distancia de seguridad.
Y mientras mis incel de la fila 3, asientos 14 y 16, se quedaron riéndose de la superficie, diseñada para atrapar bobos, por debajo se planteó la pregunta ¿qué nos ha pasado para que enamorarse nos parezca más improbable que encontrar vida extraterrestre? Maniobra muy brechtiana, ver lo cotidiano como si fuera extraño para poder pensarlo, en la que Velasco convierte el enamoramiento —algo cotidiano— en un acontecimiento extraterrestre (y así podemos volver a mirarlo). Defensa de la utopía, de la vulnerabilidad y del pensamiento mágico en una sociedad que ha racionalizado incluso los afectos.
Amar al extraterrestre significa aceptar que nunca podremos conocerlo completamente. Si el alienígena que venga tendrá mis ojos, significa que el ser de otro planeta acabará teniendo precisamente aquello que reconocemos como humano y familiar. La alteridad absoluta termina conteniendo algo íntimamente reconocible.

